sábado, 28 de marzo de 2015

Otra confesión para Berenice.

De tanto en tanto
una ilusión.
Como si se hubiera colado en la fila de espera del Inem,
como quien entra apurado sin pedir permiso y con los pelos rojos revueltos.
Y uno saluda un “cómo” mirando con sorpresa
como diciendo “¿quién carajo te llamó y por qué entrás así de golpe y con una sonrisa en rosa?”

Una noche me senté cerca de un hombre
de barbas, tatuajes, túnica y taqiyah.
Es preciso decir que estábamos en una cabaña,
que por los ventanales anclaban azul, frondas, secretos
y los nenúfares de Monet.
Era una noche de lunas, vientos y ladridos de perros.
Me recosté con mis brazos a los costados del cuerpo
escuchando la voz en círculos de Nusrat Fateh Ali Khan…
Mis recuerdos, de a uno, por mis manos,
se barajaban como naipes en caída después de haber sido castillos o pajareras.
Esa noche no hubo arañazo pasado que mi cuerpo no reconociera como propio
y lo tangible devino en transferencia a lo etéreo, a lo volátil.
Mientras el viento agitaba me sentía como dentro de una pobre embarcación
que peleaba las espumas y los tigres venidos a osos marinos.
En plena lucha me abracé a la barba más próxima,
deseando escabullirme en su túnica y cambiar mi religión.
Él tan en paz y yo tan mía.
Todavía lo recuerdo en- amorada.
Todavía me digo que podría rezar lo que hiciera falta.
Pero te confieso Berenice, él no podía ser, no pudo ser.

Sé que una noche me enamoré de unas barbas largas e imaginé compartir mi vida junto a la de él como parte de una procesión.
Un hombre pequeño al que hubiera aplastado en nuestra primera pelea de almohadas. Un hombre que mostraba sus ojos,
como si navegara las olas del mar cantando É D’oxum.



4 comentarios:

  1. Me da gusto saber de ti y volver a leerte, así como sólo tu escribes.
    Te mando un abrazo.

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    1. Gracias Gil, la constancia es todo un tema..
      Un abrazo en la distancia.

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