viernes, 9 de mayo de 2014

Antibes y el mar y sus pintores

Los tejados te esperan
para que los pintes
con tus pinceles de pelos rasguñados
y que les dibujes algún gato
o alguna golondrina
capaces de enamorarse o de comerse.
Te esperan los portales
con sus amantes y su sexo
y las vecinas mirándolo todo por la mirilla.
Te  esperan las mesas de La París
con sus masas y sus dulces de panna cotta.
Las señoras de labios morados sin delinear
y los mozos bebiendo moscato, escondidos
tras los espejos manchados del mil ochocientos.
Te esperan la ruta de los pintores,
la Pesca nocturna en Antibes
y otros Picasso para saborear con un Grès de Montpellier
en el castillo Grimaldi.
Te espera la costa azul con sus atriles al sol,
su aroma a Chanel Nº5
y amantes que escaparon de un viejo cuadro de Chagall. 
Te espera el candombe, el tango, el flamenco
y las sevillanas para que te tropieces
y te enamores, de alguna falda a lunares,
o de alguna media de red.
Te esperan las prostitutas de la calle Montera
con sus polleras cortas, con sus piernas abiertas,
con sus puños y sus unicornios
y sus sábanas agujereadas por cigarrillos que fuma el sueño.
Te espera la angustia de la creación
y el autobús vacío que te llevará a la Quiaca.
Te esperan los ladrillos, la cal, el cemento,
la mortadela con pan y vino tinto y el silencio de los obreros.
Te esperan los piropos en el cajón
para las chicas gordas de baja autoestima.
Te espera nuestra paz y la de los dioses
y las furias de los huracanes o de Neptuno.
Te esperan las calles de Segovia
y un cochinillo bajo el acueducto
mientras llueve en Nairobi y una jirafa pierde el rumbo en el agua.
Te esperan los amores bajo la mesa
de un casamiento inventado para un público porteño.
Te esperan unas manos entre las tuyas
y la pasión despertando en el teatro Alfil
mientras un bufón denuncia y ríe entre patos de goma.
Te espera el sexo impaciente en el baño del bar de la esquina
mientras las colegialas meriendan chocolate con churros.
Y la camilla del hospital con un muerto a deshora.
Pero si no llegas. Entonces busca.
Un agujero en los confines de tus calcetines.
O en un bulo olvidado de alguna calle de Tijuana
donde quizá te alcance una bala que lleva tu nombre.
O podrías perderte en las agujas del reloj,
en el humo del palo santo o de tus cigarrillos,
en las juntas de los mosaicos.
Busca mejor en las alcantarillas, puede que encuentres
un amor usado o descartable. Quizá hasta lo puedas reciclar
junto con viejos envases de coca cola.
Busca en tu bigote aquella vieja cana
que te recuerde tu penosa vida de pacotilla.
Esquiva los Monet del Thyssen y revuelve
entre servilletas de aquella taberna vasca que tanto frecuentas.
Busca. O no.
Revuelve la basura. Y encontrarás. O no.
Con tus cinco pesos puedes comprar una sonrisa de liquidación
para que te devuelva el espejo.
Y fíjate cómo. Cómo se hace para vivir con la mirada extraviada.
Las manos enguantadas.
Fíjate cómo el día. La noche. Las luces de Nueva York.
Los perros salchicha, los puestos de choripán a la salida del estadio
o de los bailes.
Fíjate cómo un cabello rozando las mejillas de aquella mujer,
aquella mujer extranjera que espera el colectivo.
Fíjate en el sillón del abuelo hamacando al nieto.
Fíjate montañas rusas ahogadas en gritos histéricos.
Y las langostas muriendo para ser plato de rico empresario.
Fíjate los fideos con pesto y manteca y la vecina gritándole a su marido.
Fíjate Florencia y su hermosura. Las palabras de Castelucho,
su parada de rocker a lo Charly García.
La mirada de Juan. La canción de fondo.
El fondo de nuestras palabras. Esas que no decimos.
El fondo de nuestras ideas. Esas que no leemos.
Fíjate cómo te enamoras. Fíjate las ideas.
O déjalas ir. Fíjalas con poxirrán. O échalas al mar.
Que se las lleven las olas, las sirenas de tedioso cantar.
Los peces atontados y sin memoria. Déjalas ahí.
Que las matará la sal.

martes, 6 de mayo de 2014

El miedo

Tiene ojos de oveja lanuda que te mira desde el cerco,
desde los leños bajo el fuego allí
donde la música cae lentamente como una partitura suicida
que se arroja desde el Palau de la Música.
Allí donde una baldosa se quiebra por primera vez y
donde pasan los pétalos al vuelo que una flor dormida dejó escapar.
Tiene alfombras que sobrevuelan mares,
que revuelan y revuelven espumas violentas,
violetas
viscosas.

Allí, donde el tacto es un halo de humo,
donde un sueño se pierde,
donde una pesadilla en extinción se realiza
y mi mano dibuja su ir, se detiene,
gira y dobla, quiere y cae,
mi boca dice y no dice
lo que quieren que diga y no diga,
y las declaraciones de amor
rezan una escapatoria posible.

Allí los besos mueren entre el sol y la luna
en una vieja calzada que atraviesa tumbas y fuegos
en Teotihuacán, donde el hombre se eleva y se convierte en Dios.
Donde se pierden con esos viejos, Johnnie Walker,
que una vez, que una vez…

Allí uno recuerda sus viejas peleas mareadas a las cuatro de la mañana,
en la calle Fuencarral, allí me detengo y abrazo a Daniele,
entre las sombras de mis sombras, abrazo,
hasta que trastabillo caracoles, algas y una serpiente emplumada.

Tiene lo que tiene: el amor en ronda, el arroz con leche,
la calesita, el juego de la batata, los caballos escapando del corral,
el lamento de un gallo a vistas del cuchillo, las niñas andando en patines,
los chismes del amor, el recreo de la vida,
el reto de la maestra, la vez aquella, la vez aquella…

Tiene la ruleta rusa, el tiro en la sien,
el infinito estrellado, la verdad en estampa.

Allí donde sólo te queda extender el brazo,
donde sólo te resta extender el brazo,
donde no podés y podés extender el brazo
y sujetar una soga, la soga, esa soga,
que te saque del pantano,
que te reviva de la muerte.

Y es allí, entonces, donde frena,
mira con sus ojos negros,
decide y cobra impulso,
allí, donde con soltura, con despojo,
con altanería te dice:
No va más”.