sábado, 25 de enero de 2014

El Viaje. Parte III



En Camboya las motos se alquilan con conductor, un turista no puede alquilar una moto y conducirla. Por este detalle es que Tim había descartado el plan de alquilar una, no le convencía la idea de ir sentado detrás, en una moto pequeña siendo él tan patilargo. Pero yo dije “Come on! It’s going to be a great adventure!”.
Y no me confundí en absoluto. 
Tim. Parque Nacional Phnom Kulen. Antes de la lluvia.

A las siete de la mañana me pasaron a buscar. Por suerte para Tim su moto era más grande que la mía, la de él de 135cc y la mía de 125cc. Y su conductor hablaba inglés a diferencia del mío con el cual sólo nos comunicamos mediante sonrisas. Entonces salimos hacia el Parque Nacional Phnom Kulen que está como a 40Km de Siem Reap. Probablemente en coche se tarden unos cincuenta minutos. Nosotros tardamos tres horas y media. Fueron dos horas por una carretera hasta que llega a su fin poco antes de la entrada del parque. El resto del camino es ascendente y ahí es donde comenzó la mayor aventura ya que se largó a llover furiosamente.
Templo Preah Ang Thom
Antes de llegar a las cataratas, paramos en Preah Ang Thom, el Dios de la Montaña. Es un lugar con una energía diferente, como si no perteneciese a esta tierra. Al templo se sube descalzo, y está encima de una roca que es menor a la base del templo. Una vez que subes allí te encuentras con un Buda recostado de ocho metros de largo y muchos Budas más pequeños alrededor, flores de loto, canastos y cuencos donde la gente deja sus ofrendas. El templo Preah Ang Thom se contruyó con el fin de salvaguardar a este Buda.
De ahí nos fuimos a las cataratas. Al llegar nos bajamos de la moto ya que había un camino corto, lleno de piedras y barro. En ese barro se hundió mi moto. Entre los dos conductores la sacaron después de mucho esfuerzo. Ellos con pantalón de vestir, camisa blanca y zapatos negros bien lustrados; metidos en el lodo. Como si fueran sueños de Nueva York embarrándose en Camboya.
Las cataratas Kulen son increíbles. Luego de filmar, sacar muchas fotos, tomarnos un coco y caminar por las pasarelas hasta quedar empapados y embarradísimos decidimos seguir nuestro rumbo.
Queríamos comer algo, teníamos hambre. Nuestro “guía” nos dijo que en poco más de una hora llegaríamos al templo Beng Mealea1 y ahí podríamos comer algo. Hacia allí íbamos, las dos motos bajando por la montaña y disfrutando de esa travesía ahora ya sin lluvia.


Este era nuestro último día en Camboya, al otro día Tim se iba para Laos y yo para Bangkok. Pensaba que no podía ser todo tan mágico pero me equivoqué. A veces la buena suerte me viene a visitar y la moto en la que iba pinchó. “My driver” se fue con la moto para hacer un parche provisorio. Decidimos seguir camino y encontrarnos en el templo Beng Mealea. Así que me subí a la otra moto, sentada detrás de Tim, que iba detrás de su “driver”. Y fue el viaje más romántico que he vivido en todas las vacaciones. No, en todo el mes. Mmm.. no, en todo el año. En toda mi vida.
Buda recostado templo Preah Ang Thom
Llegamos al templo pero primero fuimos a comer. La comida hervía en unas ollas grandes, el piso de barro, el calor abrigando, el barro hecho piel. Fui al baño. Como en casi todo Camboya, los mingitorios están fuera de los baños y los hombres occidentales orinan avergonzados. Había tres puertas, tres letrinas. Entré a una, salí. Entré a otra, salí. Entré a la última salí. No pude. Tantas lagartijas, arañas, las letrinas, la mugre. Me superó. Lo confieso. En mi imaginario yo iba a hacer pis en la letrina mientras una serpiente saldría de ese agujero y una lagartija me caería en la cabeza y así me iría por la letrina para nunca más volver.
Volví a comer. Pero debo hacer mi segunda confesión: apenas pude comer tres bocados. No había agua por allí y acababa de ir a los baños y mis pensamientos me revolvieron el estómago. Pese a eso, comí un poco porque tenía mucha hambre. Mientras Tim almorzaba yo me entretenía regalando caramelos a los nenes de por allí. Y un nenito muy pequeño vino a buscar uno. Sólo llevaba puesta la parte de arriba del pijama. Le di un palito de la selva y se lo metió en la boca. Con papel y todo ¡qué angustia sentí! Se lo quise quitar de la boca pero nada, el nene se aferraba a la golosina. Le dije a los que andaban por ahí, pero ni caso me hicieron. Le ofrecí otro caramelo, pero esta vez le enseñé a quitarle el papel mientras él tiraba del caramelo con fuerza. Qué nene más hermoso. Él se comía el caramelo, yo me lo quería comer a él… 
Luego fuimos al templo. Bellísimo. Probablemente el mejor de todos los templos. Hay que estar atento porque dicen que hay muchas serpientes y víboras, aunque no he visto ninguna.
Mientras tanto con Tim seguíamos hablando como siempre, contándonos la vida. Y era tan fantástico. Me sentía dentro de una película: allí en Asia, sola, tan lejos de mi país, visitando un templo del siglo XII, hablando con Tim de Portland. ¿Qué me había llevado a mí a organizar este viaje? “Podría quedarme a vivir en Camboya”, eso pensaba mientras caminaba por allí. Eso pienso hoy mientras aporreo teclas aquí en mi habitación, en un rincón de la ciudad de La Plata, en un rincón en el culo del mundo. Suspiraba de felicidad. Más feliz no podría haber sido, si la felicidad se repartiera entre todos, ese día a mí me llenaron el plato.
Templo Beng Mealea
Cuando volvíamos del templo, mi moto estaba reparada. Para los dos fue una gran decepción pero quedamos en cenar juntos. Como estábamos en diferentes hoteles decidimos volver por separado. Gran error. “My driver” se perdió pero como no hablaba ni papa de inglés no pudimos comunicarnos. Así que cada vez mi angustia era mayor. No era momento para perderse, había quedado para cenar con Tim y era la última noche. Yo lo veía ir despacio, parar en un rancho, preguntar, girar, dar vueltas. La ruta es caótica y cuando se hizo de noche la oscuridad fue absoluta. Luego de dos horas de viaje, empezó a llover otra vez pero ya estaba harta de la lluvia, quería llegar, arreglarme y salir. Era mi última noche en Camboya. Entonces cuando parecía que nada podía ir peor, pinchamos. Oscuridad, lluvia, cena, Tim, pinchazo. Me harté, así que bajé de la moto y le dije que lo veía en el hotel y corrí. Corrí, corrí y corrí. Por esa carretera hundida en la oscuridad, con las luces de las motos y de las furgonetas. Corrí como Forest Gump hasta que empecé a ver luces y encontré un tuk tuk que me llevó al hotel. Lavé ropa, hice mi valija, me bañé, me arreglé lo mejor que pude y tarde, muy tarde, salí a cenar con Tim.
Tim, yo & Nic.
Justo nos encontramos con un amigo de él, un chico inglés llamado Nic. Ellos habían llegado a Siem Reap en el mismo avión. Se hicieron amigos. Así que cenamos los tres, hablamos y nos reímos muchísimo. Le contamos a Nic todas nuestras aventuras del día. Nos tomamos todas las cervezas Tigger o Angkor -no recuerdo- hasta que se levantó una tormenta terrible y el bar decidió cerrar. De todas maneras, ya me tenía que ir. Siem Reap llegaba a su fin. El tuk tuk estaba a punto de convertirse en zapallo y yo perdería una de mis sandalias esperando que algún día Tim apareciera por Argentina.
Nos despedimos con un beso en el tuk tuk, en la puerta de su hotel, bajo una lluvia torrencial. Lo besé y besé Camboya, Siem Reap, los templos de Angkor Wat, la vegetación tan verde, el barro, la pobreza, la humildad, las sonrisas dulces de palitos de la selva. Lo besé camino a Oregon, a Portland. Lo besé paseando por Buenos Aires. Lo besé hasta la realidad. Él se bajó mirándome a los ojos. Yo me quedé colgada del carrito de mierda ese, bajo la maldita lluvia, maldiciendo las lagartijas, el calor, el barro, las cervezas, el amor. Y me fui a dormir media hora, la última media hora en Siem Reap. Antes que me pase a buscar la combi que me llevaría a Bangkok. Me fui a dormir la vida, más viva que nunca, a soñar realidades porque mi realidad ya era un sueño. La media hora más enamorada y más rabiosa que dormí jamás.



Entrada Templo Preah Ang Thom



Beng Mealea1: Las ruinas de este templo se hallan alejadas del parque arqueológico de Angkor, unos 50 km al este, a medio camino entre la ciudad muerta de Angkor Thom y el gran templo de Preah Khan, en el centro de Camboya.

Construido por mandato de Suryavarman II, presenta características muy similares a la arquitectura de Angkor Wat, aunque, a diferencia de este santuario, se hallan distribuidas en un solo nivel horizontal.

Se trata de uno de los templos de Camboya que más ha sufrido la acción invasora de la jungla. Sus ruinas están prácticamente sin tocar, en un caótico estado donde a los amontonamientos de sillares y cascotes, que hacen casi imposible la circulación por su interior, hay que añadir la espesa maraña de vegetación que todo lo cubre, y que hace muy difícil la identificación e interpretación de los distintos componentes del edificio. El visitante se pierde por un laberinto de patios y de oscuros corredores semi obstruidos por escombros y atenazados por las raíces de los ficus, que estrangulan con sus tentáculos los muros, bóvedas, dinteles de las puertas y celosías de las ventanas.

El templo estaba resguardado por un foso, hoy casi seco, de 1.200 x 900 m de longitud.

domingo, 12 de enero de 2014

El viaje. Parte II.



El amanecer en Angkor Wat


La gente de Siem Reap es amable, amistosa. Hay niños por todas partes, muchos de los cuales trabajan como vendedores. One dollar es una de las frasecitas de fondo que te acompaña todo el tiempo, o bien Hello Lady, tuk tuk, tuk tuk Lady. Te quieren vender: chalinas, pantalones, postales, libros, figuritas de Buda, frutas, agua…
Antes de salir de Argentina había estado leyendo sobre Camboya y la gente siempre cuenta “sobre el acoso” que sufre allí. Algunos hasta recomendaban llevar el Ipod enchufado en los oídos. No me pareció buena idea, así que decidí llevar una bolsa de caramelos. Elegí “palitos de la selva”. Fue todo un acierto. He recibido sonrisas de todos los colores, chicas, grandes, con mocos, agujereadas. Hasta me he sentido un poco culpable en algún momento, un poco estafadora, me regalaban demasiado por muy poco.
En Siem Reap son así, amigables. Y es raro si uno se pone a pensar de dónde vienen. Hace unos años nomás, entre 1975 y 1979 se instauró el régimen de Pol Pot, líder de los Jemeres Rojos, que era una organización guerrillera. Fundaron la Kampuchea Democrática, de inspiración maoísta. Mandaron a la gente a trabajar al campo, querían evacuar las ciudades, destruir la civilización, la cultura, todo aquello que se considerase burgués. Y pretendían la recuperación de la cultura Jemer, controlando a toda la población con ejércitos, sometiéndola a trabajados forzados y torturando en la búsqueda de enemigos.
De esa manera asesinaron entre un millón y tres millones de habitantes, muchos de los cuales pertenecían a la etnia Jemer, por eso algunos lo llamaron “auto-genocidio”.
En Camboya no se suele ver gente mayor y está lleno de niños. Muchos en pijamitas, descalzos, y hasta desnuditos. Pañales no he visto. Hay mucha pobreza, es tanta que te entra por los ojos y se te instala en el cuerpo. Una parte tuya se modifica para siempre. Esto nos sucede, imagino, a quienes viajamos receptivos, con las orejas bien abiertas, la nariz, los ojos, la boca, las manos… Luego están los otros turistas que van a hacer el paseo arriba del elefante.
En los cinco días que estuve en Camboya tomé alrededor de 35 litros de agua. El cuerpo te pide agua, nosotros no estamos acostumbrados a esa humedad y a ese calor.
En mi segundo día, luego de pasar por Ta Prohm, visité los templos Preah Ko, Bakong y Lolei. Los tres templos están más alejados, en una población que se llama Roluos. Lion siempre me explicaba un poco sobre cada templo, cada vez que bajaba del tuk tuk me contaba alrededor de qué año se había construido el templo, quién lo había mandado a construir, en honor a quién o qué representaba. No siempre podía entender lo que Lion decía y a veces nuestras conversaciones podían llegar a ser desopilantes. Los dos hablábamos un inglés muy diferente e igual de malo. Pese a eso nos entendimos bien y cuando desayunamos juntos al tercer día, me contó de su familia y le conté un poco de mi vida.
Volviendo a mi segundo día en Siem Reap y después de visitar todos esos templos, volví al Golden Mango Inn y me tiré un ratito a descansar. Luego decidí salir a comprar unas frutas y agua, ya era de noche, así que le pregunté a Wann, el chico de la recepción, si era peligrosa esa zona. Wann no entendía mi pregunta. Y nunca la entendió. Así que en la noche más oscura que he conocido salí del hotel y caminé trescientos metros por las calles de barro hasta llegar a la National Highway 6, sobre esa calle hay comercios y carritos con comida. Una chica me preparó una ensalada de frutas, a partir de ahí me dispuse a comer como ellos sin hacerle asco a nada. Sólo que dos días después me fui por el inodoro. “Es normal” me dijo Flor, la comida está llena de bacterias, “pero no pasa nada, no te vas a morir”. Y como ven, sigo vivita.
A la noche me puse uno de los dos vestidos que había llevado, las sandalias más bonitas, me apreté el flequillo con cinco hebillas, un par de aritos y salí a cenar con Tim. Fuimos a un restaurante en el centro de Siem Rep que tenía las parrilas sobre la calle y una gran terraza con mesas y sillas de plástico. Nos tomamos un par de cervezas Angkor y nos contamos un poco nuestras vidas. Tim andaba solo por allí, buscándose. Tal vez como hacía yo. Y era tan bueno charlar con alguien después de pasar el día en silencio, que decidimos pasar el último día en Camboya juntos. Ninguno de los dos quería recorrer templos tres días seguidos, queríamos ver algo más de Siem Reap. Llevarnos otra historia que contarle el día de mañana a nuestros… ¿sobrinos?
Las siestas de los conductores
Me subí a un tuk tuk y volví a mi hotel alrededor de las diez de la noche. Al día siguiente Lion me pasaría a buscar sobre las cuatro y media de la madrugada para ir a ver el amanecer en Angkor Wat1 así que no me podía acostar tarde. Y no sé para qué me fui, porque me dormí a las tres de la mañana. No sé si fue por mi felicidad, o mi ansiedad, o por el calor, o porque había salido con Tim de Portland.

No importa, me levanté y me fui a ver el amanecer más bonito que vi en mi vida. Angkor me fascinó, a la salida nos encontramos con Lion en un café. Debo reconocer que Lion no se pasaba el día tirado en una hamaca paraguaya como hacen la mayoría de los choferes de tuk tuk. Duermen y manejan, nada más. La hamaca la llevan sujeta dentro del tuk tuk y cuando te bajás a mirar los templos, ellos aprovechan todo ese tiempo para extender la hamaca paraguaya y dormirse una buena siesta.
Luego conocí Angkor Thom. Cuando bajé del tuk tuk empecé a ver monos, gallos, gallinas y elefantes.
La entrada de Angkor Thom, fue una ciudad real de orígenes hindúes, dedicada al Dios Visnu, luego estos templos pasaron a ser budistas.
En el centro de Angkor Thom está el templo Bayón. Es el templo que tiene las torres con la cara de Buda por los cuatro lados y en las paredes hay escenas que muestran la vida del rey y del pueblo.
Templo Bayón, del rey Jayavarman VII
Siguiendo mi camino amarillo luego de visitar el templo Bayón, fui a ver la Terraza de los Elefantes, el templo Preah Keo y el templo Phimeanakas. A estos no pude ascender… Eran muy altos. Así que me sentí un poco derrotada. Pensaba “¿Llegué hasta acá y me derrotan unas escaleras?”. Después de eso asumí que había llegado hasta ahí y me habían derrotado unas escaleras. Pero Siem Reap es mucho más que dos o tres templos a los cuales no pude subir. Luego visité otros dos templos que se llaman Preah Khan y Preah Neak Pean que significa “el templo de las serpientes entrelazadas”. De hecho en el templo están las serpientes con las colas entrelazadas. Se creía que las aguas que rodean el templo eran curativas. Es uno de los templos más lindos. Tuve la suerte de poder verlo porque si llueve mucho se inunda y no se puede acceder, y se accede por una pasarela de madera por la que hay que caminar un kilómetro y medio hasta llegar. 
En la pasarela del templo de las serpientes entrelazadas

Después de una mañana intensa paramos a comer en el Khamer Village Restaurant. Y a la tarde visité el templo Banteay Kdei. No recuerdo qué otros templos más visité ese día. Llegué al hotel tarde y agotada. Pero me cambié y me fui a cenar con Tim a un restaurante de tapas españolas. Tim no había salido durante el día, había estado organizando lo que iba a hacer el día siguiente. Entonces me cuenta su plan y me dice que había reservado un tuk tuk para ir a las cataratas de Koulen Mountain que están como a 60 Km de Siem Reap y luego visitar un templo que está más lejos, como a 77 Km que se llama Beng Mealea o bien “Estanque de flor de loto”. Y yo digo… “¿Y si hacemos todo eso en moto?” Así que después de cenar, reírnos y organizar bien el día siguiente, nos fuimos a llamar por teléfono. Era la una de la madrugada y acabábamos de reservar dos motos que nos pasarían a buscar a las siete de la mañana. Tim me decía “no puedo creer la energía que tenés, ¿siempre tenés esa energía?”, y seguro que le di diez respuestas diferentes. Luego me subí a un tuk tuk y me fui corriendo a dormir, pero era tanta mi energía que no dormí.



Angkor Wat1 es el templo más grande y también el mejor conservado de los que integran el asentamiento de Angkor. Está considerado como la mayor estructura religiosa jamás construida, y uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo. Ubicado 5,5 km al norte de la actual Siem Reap, en la provincia de Camboya, Angkor Wat forma parte del complejo de templos construidos en la zona de Angkor, la antigua capital del Imperio Jemer durante su época de esplendor, entre los siglos IX y XV. Angkor abarca una extensión en torno a los 200 km², aunque recientes investigaciones hablan de una posible extensión de 3.000 km² y una población de hasta medio millón de habitantes. Desde su construcción a principios del siglo XII y hasta el traslado de la sede real al cercano Bayón a finales del mismo siglo, Angkor Wat fue el centro político y religioso del imperio. El recinto —entre cuyos muros se ha calculado que vivían 20.000 personas—, cumplía las funciones de templo principal, y albergaba además el palacio real.
Dedicado inicialmente al dios Vishnú, arquitectónicamente el templo combina la tipología hinduista del templo-monte —representando el Monte Meru, morada de los dioses— con la tipología de galerías propia de períodos posteriores. El templo consta de tres recintos rectangulares concéntricos de altura creciente, rodeados por un lago perimetral de 3,6 km de longitud y de una anchura de 200 m. En el recinto interior se elevan cinco torres en forma de loto, alcanzando la torre central una altura de 42 m sobre el santuario, y 65 m sobre el nivel del suelo.
La palabra Angkor viene del camboyano
នគរ Nokor, y a su vez de la voz sánscrita नगर Nagara que significa "capital", mientras que la palabra Wat es de origen jemer y se traduce como "templo". El nombre de Angkor Wat es en todo caso posterior a su creación, pues originalmente recibió el nombre de Preah Pisnulok; nombre póstumo de su fundador Suryavarman II.
Angkor Wat se ha convertido en un símbolo de Camboya, hasta el punto de figurar en la bandera de su país. El 14 de Diciembre de 1992 fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.