miércoles, 11 de diciembre de 2013

Real



Metí la cabeza dentro del inodoro. Mis pulmones se llenaron con las aguas del Mekong y con los bettas me fui nadando.
Como luchadores de Siam íbamos azules y vestidos de lentejuelas como escarabajos de veinte baths, que pelean en las rutas, camino del templo blanco de Chiang Rai.
Metí la cabeza dentro del inodoro, soñando el baile aferrada a los caños de Patong frente a una cámara de juguete, que lo graba todo.
Como perro que no encuentra su cola, a veces me pierdo y otras escribo un portazo de la vida para divertirme.
Metí la cabeza en el inodoro y la mano en la nuca me oxidaba el aire, donde se caga no se respira, dijo el ahogo y en el esmero por vivir (con una katana de Hattori Hanzo) le arranqué la cabeza de cuajo, sus pelos volaron por el barro y yo grité “se ha hecho justicia”.
Discúlpeme, si rozo la susceptibilidad del señor, no sé que usted es impresionable.
No me mire así buen hombre, soy buena gente, de chica jugaba con las muñecas y he ido a bailar sólo si tenía permiso de papá y mamá. Y cuando tomaba la leche me quedaba un bigote blanco para reír refutada del espejo.
Venga aquí y meta conmigo la cabeza en el inodoro, es una táctica sublime.
Eso es. En Vietnam se corren maratones de las buenas y si le faltan sus zapatillas es porque se las robaron en Laos, esas cosas siempre pasan por aquí.
Meta un poco la cabeza en el inodoro y vea al marido que mató a su mujer padaung, quitándole los collares para que se muriera asfixiada.
Meta la cabeza en el inodoro y nade conmigo por las aguas del barro y del dengue,
¡Ay señor, por usted sí…!
Yo por usted meto la cabeza en el inodoro que es lo que se me da bien, de paso salgo a soñar unas cuantas vidas, me genero problemas para divertirme, si no, la gente a uno lo mira raro. Bien raro.
¿Qué me dice? ¿Lula? Usted no entendió nada. Ése es el personaje.
Yo soy Luca. Y soy real. Como la vida misma. La suya no, la mía.
La suya es de cartón pintado con crayón o una acuarela diluida.
La mía, de chapa, madera y fuego. Como el pasto que alimenta a los bueyes de Camboya, como la moto que se hunde en lodo al lado de las cataratas de Phnom Kulen. Como los besos que se regalan los días de oferta. Como los relojes que no marcan la hora sino la distancia. Real. Como el perro que ladra. Real. Como los monos ladrones del templo Prang Sam Yot. Real. Como la sabiduría de mi vecino disfrazada de ignorancia. Real. Como quien grita ¡Eureka! mientras roza contemplando la distracción. Real. Como dos que se desconocen almorzando a orillas del lago Srah Srang. Y luego se besan. Real. Como tertulias de escritores atendidas por una camarera que sueña. Real. Como la bandeja que sirve los cafés de Madrid y el descuido en el traje del caballero que nunca existió hasta la mancha. Real. Como la estatua que labura en la Plaza Mayor, que platinó su baño, el metro, la barba de un abuelo de ochenta años, las escaleras de Sol y el empedrado por el que caminó. Real. Como los caballos verdes de Chagall y los bares de caña de Bambú, como su grano en la espalda y mis uñas desprejuiciadas, como el abrazo que no sé dar a la gente de intención escondida, como cartas viejas para quemarlas junto con sus problemas de juguete…

Real. ¿Entiende lo que digo?
Como el puto inodoro donde meto la cabeza.