martes, 26 de noviembre de 2013

Brigitte Bardot



Era una casa verde de tejas rojas, cubierta de árboles y plantas. Nosotros espiábamos tras las rejas, nos escondíamos sólo de quiénes pudieran estar dentro de la casa. Teníamos la inocencia de creernos invisibles a plena luz del día. Río al recordar la imagen, cinco gurisitos en la vereda, asomando ojos tras las rejas de una casa, y hablando bajito para que nadie se diera cuenta, mientras una vecina que pasaba con el changuito de la compra nos saludaba. Pero ésos eran secretos. Y si nosotros tomábamos la poción mágica de la invisibilidad, funcionaba. Por algo nos hacíamos llamar “los super fantásticos”.
Lo interesante de la casa es que era de madera y estábamos casi seguros que tenía un sótano. Una vez, Grego nos dijo que en esa casa tenían encerrada a una nena de nuestra edad. Al principio no le creímos, porque Grego sabía mucho pero también decía muchos bolazos y nosotros no éramos ningunos gilunes y queríamos ganar respeto en el barrio.
Pero igual nos asomábamos y tratábamos de ver algo que se convierta en historia. La casa tenía dos ventanas y a las tres de la tarde siempre las atravesaba la luz del sol. Y se podía ver un sillón hamaca de esos como tenía mi abuelo cuando yo era un bebé de pañal y mocos…
El abuelo me cantaba “canción con todos”. Cuando fui más grandecito le pregunté “abuelo, ¿por qué un verde Brasil besa mi Chile cobre y mineral?” y Toribio me respondió “porque así debe ser enanito, porque los hermanos americanos tenemos que estar unidos, siempre unidos, y cantar la misma canción aunque hablemos diferentes idiomas”. Pero yo no entendía, aunque la canción del abuelo sonaba linda.
Un día el sillón hamaca se movió y apareció pelo rubio por la ventana. Nosotros que detectamos el movimiento muy rápidamente apenas pudimos ver, éramos cinco atrás de las rejas, y la visión era reducida. ¡Entonces Grego nos había dicho la verdad! Todos queríamos ver, decidimos que cada uno tendría un minuto para mirar detenidamente y que iríamos pasando uno a uno por turnos. Jugamos piedra, papel o tijera y Pablo nos ganó, así que fue el primero en asomarse y vivir su minuto. Nosotros le preguntábamos qué era lo que veía, pero Pablo no decía nada. Miraba en silencio. Su minuto era eterno, ese pelo rubio se iba a ir y yo iba a perder la oportunidad de verlo, de verla. ¡Pablo contá che! ¡Contá gilún! cuando terminó su minuto tuvimos que sacar a Pablo de allí de un empujón y su mirada estaba como extraviada. Entonces me tocó a mí. Ya no era pelo rubio, eran dos ojos marrones muy grandes y muy abiertos que miraban directamente a los míos. No podía ni pestañear, estaba atrapado y temía que un pestañeo pudiera desaparecerla. Y una piel blanca y una boca rosa con forma de frutilla. Estaba seguro que era igual a Brigitte Bardot. El abuelo siempre hablaba de Brigitte, decía que no había mujer más hermosa sobre esta tierra que ella, que ni siquiera Raquel Welch. Entonces entendí qué quería decir Toribio, porque ese día me di cuenta que esos ojos me desvelarían por las noches. Que ya no podría mirar otra mujer, que ese cabello rubio recién levantado se colaría en mis sueños, como pez espada o como ráfaga de viento. Sentí que mi cabeza giraba y ya no la vi. Mi minuto se había acabado y pegado a la reja estaba Marquitos.
Pablo y yo no hablamos los tres minutos que quedaron, y luego, como si ella supiera de qué se trataba todo, se fue de la ventana. Fueron los cinco mejores minutos de nuestras vidas. Pasó un rato largo hasta que no recuerdo quién de nosotros interrumpió el silencio. Dijo que era hora de volver a su casa o lo iban a castigar. Entonces todos nos dimos cuenta que nos iba a suceder lo mismo sino volvíamos. Y nos separamos, cada uno se fue por su camino. Más amigos que nunca nos fuimos. Compartíamos algo profundo, lo sabíamos, sabíamos que desde ese día en más ningún amigo podría superar esta amistad. Este era un secreto como el reloj que guardaba mami en el rollo de la persiana. No sólo compartíamos ese secreto, compartíamos esa angustia. De quien conoce y ya no puede volver el tiempo atrás. La angustia de la pérdida de la inocencia.
Cuando entré a casa mamá me dijo algo, creo que me gritó, creo que estaba enojada y creo que no paraba de hablar. Cosas así como que tenía el corazón en la boca y que pensó en llamar a la policía, qué cómo le hacía esto a ella que no se lo merecía, que habló con el papá de Pablo, que estaban todos preocupados, qué dónde nos habíamos metido, y bla bla bla, hablaba mucho. O tal vez fue un sueño.
Me encerré en mi habitación, y en el techo se dibujaban caballos verdes, cabras, flores y amantes de Chagall, cielos de Vang Gogh y nenúfares de Monet. Mamá abrió la puerta de la habitación y gritó más porque se ve que antes no había sido suficiente. Y yo no entendía por qué uno no podía tener privacidad, por qué la gente se tomaba el atrevimiento de abrir las puertas sin pedir permiso. ¿No era importante lo que me estaba pasando? Cuando papá trabajaba sobre sus papeles con las manos apoyadas en las sienes nadie podía interrumpirlo, pese a que estaba pensando nomás con los ojos clavados en el escritorio. Sin embargo que yo mirase el techo, Chagall, Monet, Vang Gogh, era tontería. Pero en casa las puertas se podían abrir aunque estuviera uno sentado en el inodoro. Y si alguien te llamaba, te alcanzaban el teléfono hasta la ducha.
Luego sí, dos golpecitos en la puerta. “Pasá abu”. Toribio sabía, me pidió permiso para sentarse al lado mío y me contó que una vez, hacía varios años había visto una película que se llamaba “Y Dios creó a la mujer”. Entonces ya nada sería lo mismo. Así decía Toribio en su lento hablar, con sus pausas habituales siempre que se quedaba allí vagando entre recuerdos. Me dijo “tenemos que ver esa película sin que tu mamá se entere”, pasá mañana por casa tipo tres de la tarde y traé dulce de leche que lo vamos a necesitar.
Al otro día andaba nervioso, pero Toribio me enseñó que un hombre siempre debe controlar la ansiedad y que perder los nervios es cosa que nosotros, por caballerosidad, se lo dejamos para las mujeres; “nosotros tenemos que contener”. Así que contuve porque no quería que el abuelo me viera en estado de agitación.
A las tres y diez toqué el timbre de su casa, sabía que le gustaría que me retrasase diez minutitos. Le di el dulce de leche y nos fuimos a sentar al sofá frente a la tele. El abuelo tenía preparada ya la mesita del centro con unos panqueques que se notaba que acababa de hacer y unos matecitos amargos. Entonces apagamos las luces y puso la película. Jamás podré olvidarme de Brigitte en el papel de Juliette Hardy bailando salsa descalza sobre una mesa. Todo era piernas, todo en mi mundo pasó a ser una falda verde esmeralda y una casa de tejas rojas. Comimos muchos panqueques porque la situación así lo requirió. Y acabamos con el dulce de leche. Yo siempre fui flaco, porque Toribio ese día me dijo “y recuerda: éstas comidas se guardan sólo para momentos como éste, son necesarias”.
Ese día cuando salí de casa del abuelo me fui hasta la casa verde, decidido, y allí tras la reja estuve esperando sigilosamente. Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta que el pelo desordenado estaba allí tras la ventana. Y silbé una vez, bajito. Silbé otra vez. Luego me animé a tirar una piedrita contra la ventana. Entonces se asomó. Nos miramos. Mis manos transpiraban agarradas a la reja y a las ramas. Contuve la respiración sin darme cuenta. Y le dije, le dije que ya entendía, y que estaría ahí en la reja siempre. Que nada ni nadie me movería. Que me parta un rayo ahora mismo si es mentira lo que digo. Eso le decía. Entonces escuché que me llamaban “¡Yeraaaaa… Yeraa!”. Me di media vuelta y veo a una de las vecinas que me grita “¡su mamá lleva buscándole rato largo! ¡vayáse pa’la casa mi’jito que lo van a cascar!” Volví a mirar con la angustia de quien sabe que perdió algo que creyó haber ganado. Pero grande fue mi sorpresa. Allí estaba ella. Alzó su mano y por la ventana me despidió. Yo alcé mis manos por sobre las rejas moviéndome lo más posible para que me viera bien. Ella sonrió. Con la mirada le dije que volvería al otro día y que la amaba. La amaba más que a nada, más que a nadie en el mundo. Y acababa de traicionar a mis amigos. Pero ellos entenderían que ésa era mi lucha y que debía jugarme todas las fichas, que ya había entendido de qué se trataba vivir y que ya no había vuelta atrás. Muchachos, sabrán disculpar, ustedes son mis hermanos y ahora necesito que canten conmigo. Eso les diría, pensaba mientras Gustav Klimt aparecía por primera vez en el techo de mi habitación.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cuando sucede



A los que van felices por la vida
Hay un álamo camino a la quinta
y algunos cerezos.
Si uno camina por allí:
pisa sus malas notas en matemáticas
y aquél novio que te dejó por tu amiga.
Si uno camina por allí:
pisa el asfalto de aquella pelota.
Zafaste.
La sonrisa vuelve entre cerezos
y la felicidad está ahí porque siempre está ahí,
mezclada con los buñuelos de tu mamá el día del mundial ’86.
Los álamos guardan gotas de la última lluvia
con las hojas entregadas
y las gotas firmes sobre ellas.
Mi primer amor me guiña un ojo
entonces bailo bajo el árbol y me trepo al tronco
y las dudas las llevo en el bolsillo por si acaso,
mientras un vagabundo me mira desde abajo y me dice:
“se va’caer mi’jita”
“no señor vagabundo, suba usted también y se ganará la lotería”
pero él se va hablando incoherencias y diciendo “como si allí arriba se pudiera jugar o apostar a algo, ¡quécosasdecísnena!”

Subo, y encuentro las hojas del álamo con gotas.
Gotas vivas de la última lluvia
y tomo una, y otra, y no me sacio
y chupo gotita, chupo gotita, chupo gotita
y me abrazo al árbol y a sus ramas
y me quedo ahí sentada mirando los cerezos.
Tailandia es un bello recuerdo para este momento;
aquél viaje en moto, el guiño de ojos,
el vino tinto, la canción de amor…
El álamo agradece.
Los cerezos regalan su color.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Camboya



Las manos arañadas
y la mirada puesta en las montañas Kulen
bajo anteojos que nada ven de tanta lluvia y barro desprejuiciado
puesta la mirada en una moto encajada en el lodo
puesta la mirada en puentes colgantes, en llanto de niño sostenido en pobreza
y mocos de cataratas y cataratas de mocos
arañas, elefantes, víboras
y nosotros con cámaras, fotos, grabaciones
metiendo todo ahí dentro para traernos Camboya entre la piel y la mochila.
Los escalones rotos de aquella escalera de agua salada
latas de cerveza que todo lo ensucian
de turistas insensibles a una naturaleza tan viva y tan fugaz
y tan real hasta la risa del esternón, o era mi risa
que de tan real se vivía allí por donde pasaba.
Puesta la mirada de locos de atar por una aventura para recordar en las ensaladas diarias de una oficina rutinaria.
“Tenía que pasar por su camino déjeme decirle, Señor Black
no tanto por cachetearlo y despertarlo
a las once de la noche en un restaurante de tapas español en Siem Reap
no tanto por ayudarlo en sus tiempos y arrinconarlo contra las agujas del reloj
si no más por despertarme y agradecer semejante suerte
si no más por despertarme y decirme hasta aquí llegaste
ahora no es momento de temer a unas cuantas lagartijas
quítate el casco, seamos camboyanos, de esos que toman Tiger
y escuchan Celine Dion,
de esos que se tiran en la hamaca paraguaya y duermen las siestas en los templos de Angkor.
Porque puesta la mirada en los culitos sin pañales
y en el niño que se come el caramelo con papel
ven aquí niño mío pequeño bello hermoso
éste es un caramelo y viene con papel, ¿ves?
Así así se quita.
Porque puesta la mirada en las sonrisas que regalan
a todos nosotros que no merecemos que nunca mereceremos.
Tomen ustedes, les regalo las mías que es lo único que puedo regalarles además de caramelos con papel y mi felicidad entera.
Puesta la mirada en el vértigo que aflojó mis piernas sobre el templo Pre Rup,
en las sedas de colores
en los monos jugando los juegos de los niños
en los gallos que se pasean flacos de robustez pero con elegancia occidental
y los tuk tuk se ofrecen para llevarte adonde quieras
y mis ojos atraviesan todos esos huecos donde no hay dientes pero si humildá.
Y la bondad te impacta y se te clava entre el corazón y la garganta
convertida en flecha que te desangra y te deja un agujero que quedará supurando
tus miedos, tus ideas, tus angustias, tus ilusiones, tus nervios, toda tu pus y todas tus mierdas.
Para ser. Renacer. Revivir. Revisar. Repasar. Remontar. Reencontrar. Reencontrarte.
No se ve. Se siente. No se vive, se atraviesa. Te atraviesa.
Como flecha sin rumbo ni arco que se dispara en dirección perdida
y justo ibas caminando vos con cara de boludo mirando cómo te picó el mosquito del dengue.
Justo ahí cuando la flecha te parió.
Eso es Camboya.