lunes, 26 de agosto de 2013

Palabras en el aire



Gracias, Alicia Paroni
 
Al aire quedan palabras como plumas de un viejo cabaret,
de tetas caídas y rancias
y cantos desafinados de mujeres olvidadas.
Mujeres que se cansaron de comer pan con mantequilla,
de llorarle lágrimas de telenovelas al espejo,
de pequeñas habitaciones de catre y polvo fresco de la noche anterior.
Al aire quedan palabras que flotan
aferradas a notas musicales que bailan la misma música
desde hace ya tiempo.
Piden auxilios con voces lastimosas
y las notas dicen “ya cállense queridas que nadie las escucha”.
Entonces ellas lloran hablando las lágrimas y los silencios
y dicen todo lo que quieren decir a un varón imaginario que escucha atentamente.
Levantan el dedito índice,
escriben en un pizarrón con tizas
fucsias, verdes, amarillas
y arman esquemas imposibles, dignos de un profesor de físico química retirado,/
se bajan los anteojos hasta la punta de la nariz
porque copian a algún viejo sabio o ensayista catedrático de alguna universidad de Oxford
miran por encima de ellos y señalan el mundo y las ideas en el aire.
Pinchan globos con sus uñas de colores enfadados;
gritan, maldicen y con la regla en la mano, ¡zas!
El interlocutor imaginario escucha atento
mientras riza los márgenes de su pequeño bigote renegrido
y mira, sumiso, entendiendo.
Entonces ellas se levantan un poquito la pollerita por acá
y muestran sus piernas largas, las cruzan y las descruzan
y juegan con la lapicera en la boca y se ríen como tontas,
con risas de margaritas y de claveles rojos,
se mojan los labios con un poco de ron,
se recogen el cabello en un rodete tirante para luego soltarlo
y juegan a ser lindas como si ya no lo fueran.
Se ríen como tontas,
con risas de narcisos, magnolias, orquídeas.
Son ingenuas si, si, si. Y lo demuestran sin saber, porque no saben que no saben./
Ellas, tan bonitas, quedan en el aire y yo las acaricio y las contemplo como quien contempla
un atardecer allí,/
por Florencia, por Carmelo, por Lisboa o por el desierto de Gobi.
Ellas se mueven colgadas del cuello de esas notas musicales arrabaleras
y esperan respuestas que no vienen y que nunca vendrán.


sábado, 24 de agosto de 2013

Sueños



Sueño. Uno.

Pudiendo hablar todo en el colchón, sueño.
Y el tubo del teléfono me transporta a tu boca.
Sueño con desabrochar tu camisa
y comerme los botones con dulce de melocotón.
Sueño con comerme tu oreja,
despeinarte con mi ombligo,
caminar tus piernas con mi triciclo,
cargar tus penas en mis bolsillos
junto con viejas monedas que nada valen
que no compran ni sonrisas, ni entradas de circo.
Sueño tus pies para correr arenas y sábanas,
Sueño con el botón de tus cicatrices
y con tus manos llenas de almendra y limón.
Sueño el sueño de tus brazos bajo mi cuello.


Sueño. Dos.

Sueño la mesa cruzada de piernas,
y los tequilas que esperan para brindar por ella,
y ella, que ya no ríe ni llora.
No mueve las manos diciendo coches, lágrimas, llaves, soles.
Que no mueve los hombros
invitándote a bailar la malquerida,
que ya no te da castañas traídas de Lisboa,
ni matrioskas rusas que guardan secretos.
Sueño su ausencia, sus insultos a los motociclistas sin casco ni prudencia
sueño sus pies chuecos y sus malos modales.
Sueño sus quejidos al despertar
y su bigote de leche a las cinco de la tarde.