lunes, 24 de junio de 2013

Venganza



Del bolsillo delantero
de su esmoquin de filigranas mal cosidas,
de su traje caro de shopping inglés;
extrajo una mujer despatarrada,
alborotada,
que le gritaba indecencias
y otras cosas como “¡cabrón devuélveme a mi tamaño!”
él se reía y la balanceaba entre sus dedos,
quería mostrarla al mundo
pasear con honor su invento
desquitarse las rabias y cobrar impulso
para apagarla de una vez,
para que nunca más ilumine sus siestas
sus tazas, su alfombra, su espejo, su sombrero,
entonces la agitaba.
Ella perdió el corpiño
así que se cubría con sus brazos
y lloraba el vértigo, la desnudez y las desgracias.
Nunca hubiera imaginado este desenlace,
si es que éste era su desenlace.
Nunca creyó en las capacidades de él.
Siempre lo creyó oruga incapaz de convertirse en mariposa,
falto de carácter, simpático eso sí,
un Don Pedro mediocre, sin whisky ni ron
ni del barato, ni na’ de na’.
Sin copo de crema y cereza.
Mientras ella se culpaba,
él asumía su fracaso.
Tanto empeño puso en la reducción
que se pasó de tamaño
y nadie la veía.
Y nadie le creía.
Así que la abandonó en un banco de la Plaza Moreno.

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