sábado, 22 de junio de 2013

Berenice



Berenice camina con las manos en los bolsillos. Camina por necesidad, por aire, por salir, sentir el sol en su cara, el viento. Camina por calle de la Reina, hasta Calle Victor Hugo, y luego sale a la Gran vía. Le gusta caminar por Chueca los domingos a la tarde. Le gusta pensar en las fiestas de la noche anterior, dónde fueron a parar tantas risas, besos, peleas, cervezas en lata calientes y arroces chinos con tenedor de plástico. Cruzando la Gran Vía una pareja tomada de la mano. Eso quiere Berenice, ir de la mano. Eso es amor.
Berenice camina con las manos en los bolsillos y mira vidrieras de Loewe, Prada y parejas que se dan la mano. Y se pregunta “¿por qué mirar lo inalcanzable?”.
Hace mucho que está sola. Hace ya tanto que perdió la cuenta. Hace ya tanto que dejó de desear. Se acostumbró a su vida de sola. A sus compras, sus trámites, sus horarios, sus salidas sin preguntar ni decir ni dar explicaciones. Se acostumbró tanto que no extraña el sexo siquiera. Si tiempo atrás le hubieran dicho que pasaría años sin tener sexo, hubiera reído.
Camina y la cabeza se le despeja. Pronto empezará el invierno. Pronto pondrán las luces de navidad por todo Madrid y ella saldrá con su cámara a sacar fotos y comprará regalos para llevar al pueblo. Falta poco.
Ya han pasado tres años. Y le cuesta creerlo, a veces el paso del tiempo tiene cadencias extrañas y actúa de manera imprevisible y aturde, empacha y hasta pega cachetadas. Berenice se pregunta qué debe hacer. Es ahora o nunca. Tiene que decidir y decirlo ya. Tiene que perdonar o no. Darse cuenta si será capaz de vivir sin él. “Buf”, lo que acaba de pensar. Claro que será capaz de vivir sin él. Eso siempre lo supo. Nunca lo necesitó para matar cucarachas o espantar fantasmas. Es cierto que alguna vez hizo el paripé como si fuera una pequeña niña indefensa que necesitaba del super macho para salvarse, y ahí aparecía él que todo lo lograba y luego ella se recostaba en sus brazos y le susurraba cosas como “me salvaste la vida” y juntos reían. Pero eso era puro teatro. Ella siempre eligió vivir al lado de él. Cada día amaba. Y sí, es cierto que hubo días que pasaban sólo para arrancar la hoja del almanaque. Días de preparar comidas, cenas, duchas, limpiezas y así pasaban de largo tan rápido como habían venido. Pero hubo otros. Los que se elegían, los que entendían el por qué de las cosas. Porque se preocupaban el uno por el otro. Se atendían, se cuidaban. Y ella valoraba esos cuidados. Entonces ríe recordando a su amiga Elsa diciéndole “Claro, para quien ha rayado las zanahorias siempre con rayador, cuando te regalan una minipimer, te sentís la reina de la cocina.” Así se sentía ella, mientras las compañeras de trabajo ponían a parir a sus parejas y hablaban de bolsos, zapatos, lavadoras y taxis, a ella le apenaban. Qué tristeza le daban esas mujeres que necesitaban recibir para dar, recibir para querer, para amar. No era sólo tristeza, la mayoría de las veces era extrañeza. Ella y él concebían el amor, la pareja, de otra manera. Compartían cuando podían pero mantenían cada uno sus amigos y sus salidas. Se respetaban y tenían ansias de conocerse, de quererse. Hasta que cometió aquél error que le costaría la separación.
Decidió que debía seguir caminando. Se puso como meta Plaza de España, sí, cuando llegue allí, lo sabría. Se pararía al lado de Don Quijote y sabría qué hacer. Pero llegó y ni Sancho Panza le dio las respuestas.
Entonces se fue a tomar algo al Café de Oriente. En el camino unos turistas le piden que les saque una foto. Y ella sonríe. Luego en el Café se pide un Gin Tonic. ¿Debería perdonar? Definitivamente no. Entonces agarra el teléfono y marca. Decidida. Y decididamente cuelga. No puede llamar porque siente vergüenza.
Unas mesas más a su izquierda, hay un hombre joven bebiendo una copa. Deberá tener unos treinta y cinco años, es moreno con el pelo medianamente corto y parado, lleva unas ray ban y una camisa escocesa abierta hasta la mitad de su pecho, que deja entrever una musculosa blanca. Tiene estilo y unos hoyuelos que se le marcan al sonreír. Y sonríe, le sonríe a Berenice en la distancia.
Y Berenice baja la mirada. Le resulta familiar y le resulta encantador, así que decide apurar su trago y con una seña le pide la cuenta al mozo. En la distancia de esa terraza el morocho de las ray ban la invita a sentarse a su lado con un gesto entre amable y seductor. Inmediatamente declina la tentadora oferta, paga y se va. Huye. Se traicionó a si misma aquella noche en casa de Elsa y con su amiga por testigo. Fue una fiesta más de tantas a las que iba sin Esteban, tal vez fue por desafiarse a sí misma, o por relajarse y confiar en que podía controlarlo todo. Porque siempre temió ser infiel, siempre le tuvo respeto a su propia naturaleza y la vivía como algo incontrolable, como si dentro tuviera un tsunami dormido o un tornado gestándose a fuego lento con el paso de los años. Y todo en su ser-dormía porque ella le cantaba canciones de cuna y tonterías que se hicieron humo aquella noche de octubre. Y para castigarse aún más, no puede quitarse de su mente aquellas primeras frases que fueron el comienzo de lo inevitable, cuándo el flaco la inquirió “¿Y tu novio te deja siempre ir sola a las fiestas?” y ella tan suelta respondió “No pido permisos, ya estamos grandecitos, ¿no?”. Grandecitos es la palabra clave. “Grandecita y una mierda” piensa.
Entonces tuvo que contarle a Esteban, porque si no se lo contaba sería el permiso para recaer, para reincidir. Para convertir la relación de ellos en otra cosa. Para irrespetarse ya para siempre. Su mayor miedo se había materializado y todo lo que siempre había anhelado en la vida se había evaporado de un día para otro.
Y Esteban no se merecía estar con una persona como ella. Porque aquel día la despidió con total tranquilidad deseándole que pase una linda noche en la fiesta, confiado. Y ella terminó la noche enrollada entre las piernas y los brazos de x y para cuando comenzó a despejarse de la borrachera y empezaba a vislumbrar con claridad los hechos, quiso desaparecer del mundo y que x desapareciese sin ella. Empezó a rebuscar su ropa por el cuarto, y salió. Y mientras caminaba se vestía, apurada, y cuando estaba a punto de atravesar el salón se encontró con Elsa.
Decidió pararse y decir algo pero no le salieron más que lágrimas. “¿Qué hice Elsa?” Pero su amiga sólo la abrazó un rato bien largo, luego le preparó un té y una bañera caliente mientras se encargaba de echar al señor x. Cuando se iba de casa de su amiga, ésta le dijo “ojo con lo que vas a hacer, hay decisiones que no tienen marcha atrás” pero ella le respondió “esa decisión ya la tomé anoche” y marchó.
Luego vino la separación, la mudanza, los llantos, los te amo, el perro llorando y los vecinos hablando.
Lo último que le había dicho Esteban fue una frase que se le quedaría dando vueltas en la cabeza una y otra vez: “Lo que no alcanzo a comprender es por qué me lo dijiste ahora, a ver si me explicó: ¿es que acaso no pensaste en mí cuando te diste cuenta que te ibas a revolcar con otro tipo? Porque ese era el momento en que debías llamarme, porque hubiera ido corriendo nena, hubiera salido a las chispas a cuidarte, a cuidarnos. Porque vos sabés que yo defiendo lo que quiero con uñas y dientes, pero me dejaste fuera de combate”
Ella lo único que quería era no mentirle, la pelota estaba en el tejado de Esteban, era decisión de él perdonar o no. Pero se equivocó radicalmente porque después de mucho tiempo Esteban perdonó haciendo valer el derecho que ella le había concedido, recordándole que estaba jugando con la pelota de su tejado.
Tanto miedo tuvo de ser infiel y desde que está sin Esteban no se acostó con nadie y oportunidades nunca le han faltado. Pero ya no le interesa el sexo porque sí. Han pasado ya tres años, tres años que necesitó para sí misma, para ponerse a prueba. Tres años de entrenamiento para Esteban para no lastimarlo más, nunca más. Si, acaba de encontrar la respuesta justo en la Plaza de Callao, en el mismo banquito donde una vez su madre le limpiaba los zapatitos y le decía “No puede ser Berecita que siempre estés metiendo mal la pata”. Así que agarra el teléfono y llama. Y espera. Entonces del otro lado se escucha la voz de Esteban:

      - ¿Bere?
      - Si
      - ¿Te perdonaste?
      - … -silencio. ¿Querés ir al cine… en un rato?
      - ¿Es una cita?
      - Si, una gran cita.

Comenzó a caminar por calle Preciados en dirección a los cines Ideal, pensando en las palomitas dulces que compraría para compartir, que serían una buena combinación. Porque ya era hora de cine con palomitas. Y en ese andar, y en ese fantaseo en el que se encontraba inmersa, se cruzó con un morocho cara conocida que le sonreía y la saludaba alzando un casco. Era el flaco de esa misma tarde, ya sin ray bans. Ella lo miró y sonrió, cómplice. Con pasos seguros él se acercó y le preguntó “¿Nos vamos a seguir mirando o vamos a hacer algo con esto?” Berenice iba a decir, y no dijo. Caminó hasta perderse entre la gente. Convencida.

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