lunes, 24 de junio de 2013

Venganza



Del bolsillo delantero
de su esmoquin de filigranas mal cosidas,
de su traje caro de shopping inglés;
extrajo una mujer despatarrada,
alborotada,
que le gritaba indecencias
y otras cosas como “¡cabrón devuélveme a mi tamaño!”
él se reía y la balanceaba entre sus dedos,
quería mostrarla al mundo
pasear con honor su invento
desquitarse las rabias y cobrar impulso
para apagarla de una vez,
para que nunca más ilumine sus siestas
sus tazas, su alfombra, su espejo, su sombrero,
entonces la agitaba.
Ella perdió el corpiño
así que se cubría con sus brazos
y lloraba el vértigo, la desnudez y las desgracias.
Nunca hubiera imaginado este desenlace,
si es que éste era su desenlace.
Nunca creyó en las capacidades de él.
Siempre lo creyó oruga incapaz de convertirse en mariposa,
falto de carácter, simpático eso sí,
un Don Pedro mediocre, sin whisky ni ron
ni del barato, ni na’ de na’.
Sin copo de crema y cereza.
Mientras ella se culpaba,
él asumía su fracaso.
Tanto empeño puso en la reducción
que se pasó de tamaño
y nadie la veía.
Y nadie le creía.
Así que la abandonó en un banco de la Plaza Moreno.

sábado, 22 de junio de 2013

Berenice



Berenice camina con las manos en los bolsillos. Camina por necesidad, por aire, por salir, sentir el sol en su cara, el viento. Camina por calle de la Reina, hasta Calle Victor Hugo, y luego sale a la Gran vía. Le gusta caminar por Chueca los domingos a la tarde. Le gusta pensar en las fiestas de la noche anterior, dónde fueron a parar tantas risas, besos, peleas, cervezas en lata calientes y arroces chinos con tenedor de plástico. Cruzando la Gran Vía una pareja tomada de la mano. Eso quiere Berenice, ir de la mano. Eso es amor.
Berenice camina con las manos en los bolsillos y mira vidrieras de Loewe, Prada y parejas que se dan la mano. Y se pregunta “¿por qué mirar lo inalcanzable?”.
Hace mucho que está sola. Hace ya tanto que perdió la cuenta. Hace ya tanto que dejó de desear. Se acostumbró a su vida de sola. A sus compras, sus trámites, sus horarios, sus salidas sin preguntar ni decir ni dar explicaciones. Se acostumbró tanto que no extraña el sexo siquiera. Si tiempo atrás le hubieran dicho que pasaría años sin tener sexo, hubiera reído.
Camina y la cabeza se le despeja. Pronto empezará el invierno. Pronto pondrán las luces de navidad por todo Madrid y ella saldrá con su cámara a sacar fotos y comprará regalos para llevar al pueblo. Falta poco.
Ya han pasado tres años. Y le cuesta creerlo, a veces el paso del tiempo tiene cadencias extrañas y actúa de manera imprevisible y aturde, empacha y hasta pega cachetadas. Berenice se pregunta qué debe hacer. Es ahora o nunca. Tiene que decidir y decirlo ya. Tiene que perdonar o no. Darse cuenta si será capaz de vivir sin él. “Buf”, lo que acaba de pensar. Claro que será capaz de vivir sin él. Eso siempre lo supo. Nunca lo necesitó para matar cucarachas o espantar fantasmas. Es cierto que alguna vez hizo el paripé como si fuera una pequeña niña indefensa que necesitaba del super macho para salvarse, y ahí aparecía él que todo lo lograba y luego ella se recostaba en sus brazos y le susurraba cosas como “me salvaste la vida” y juntos reían. Pero eso era puro teatro. Ella siempre eligió vivir al lado de él. Cada día amaba. Y sí, es cierto que hubo días que pasaban sólo para arrancar la hoja del almanaque. Días de preparar comidas, cenas, duchas, limpiezas y así pasaban de largo tan rápido como habían venido. Pero hubo otros. Los que se elegían, los que entendían el por qué de las cosas. Porque se preocupaban el uno por el otro. Se atendían, se cuidaban. Y ella valoraba esos cuidados. Entonces ríe recordando a su amiga Elsa diciéndole “Claro, para quien ha rayado las zanahorias siempre con rayador, cuando te regalan una minipimer, te sentís la reina de la cocina.” Así se sentía ella, mientras las compañeras de trabajo ponían a parir a sus parejas y hablaban de bolsos, zapatos, lavadoras y taxis, a ella le apenaban. Qué tristeza le daban esas mujeres que necesitaban recibir para dar, recibir para querer, para amar. No era sólo tristeza, la mayoría de las veces era extrañeza. Ella y él concebían el amor, la pareja, de otra manera. Compartían cuando podían pero mantenían cada uno sus amigos y sus salidas. Se respetaban y tenían ansias de conocerse, de quererse. Hasta que cometió aquél error que le costaría la separación.
Decidió que debía seguir caminando. Se puso como meta Plaza de España, sí, cuando llegue allí, lo sabría. Se pararía al lado de Don Quijote y sabría qué hacer. Pero llegó y ni Sancho Panza le dio las respuestas.
Entonces se fue a tomar algo al Café de Oriente. En el camino unos turistas le piden que les saque una foto. Y ella sonríe. Luego en el Café se pide un Gin Tonic. ¿Debería perdonar? Definitivamente no. Entonces agarra el teléfono y marca. Decidida. Y decididamente cuelga. No puede llamar porque siente vergüenza.
Unas mesas más a su izquierda, hay un hombre joven bebiendo una copa. Deberá tener unos treinta y cinco años, es moreno con el pelo medianamente corto y parado, lleva unas ray ban y una camisa escocesa abierta hasta la mitad de su pecho, que deja entrever una musculosa blanca. Tiene estilo y unos hoyuelos que se le marcan al sonreír. Y sonríe, le sonríe a Berenice en la distancia.
Y Berenice baja la mirada. Le resulta familiar y le resulta encantador, así que decide apurar su trago y con una seña le pide la cuenta al mozo. En la distancia de esa terraza el morocho de las ray ban la invita a sentarse a su lado con un gesto entre amable y seductor. Inmediatamente declina la tentadora oferta, paga y se va. Huye. Se traicionó a si misma aquella noche en casa de Elsa y con su amiga por testigo. Fue una fiesta más de tantas a las que iba sin Esteban, tal vez fue por desafiarse a sí misma, o por relajarse y confiar en que podía controlarlo todo. Porque siempre temió ser infiel, siempre le tuvo respeto a su propia naturaleza y la vivía como algo incontrolable, como si dentro tuviera un tsunami dormido o un tornado gestándose a fuego lento con el paso de los años. Y todo en su ser-dormía porque ella le cantaba canciones de cuna y tonterías que se hicieron humo aquella noche de octubre. Y para castigarse aún más, no puede quitarse de su mente aquellas primeras frases que fueron el comienzo de lo inevitable, cuándo el flaco la inquirió “¿Y tu novio te deja siempre ir sola a las fiestas?” y ella tan suelta respondió “No pido permisos, ya estamos grandecitos, ¿no?”. Grandecitos es la palabra clave. “Grandecita y una mierda” piensa.
Entonces tuvo que contarle a Esteban, porque si no se lo contaba sería el permiso para recaer, para reincidir. Para convertir la relación de ellos en otra cosa. Para irrespetarse ya para siempre. Su mayor miedo se había materializado y todo lo que siempre había anhelado en la vida se había evaporado de un día para otro.
Y Esteban no se merecía estar con una persona como ella. Porque aquel día la despidió con total tranquilidad deseándole que pase una linda noche en la fiesta, confiado. Y ella terminó la noche enrollada entre las piernas y los brazos de x y para cuando comenzó a despejarse de la borrachera y empezaba a vislumbrar con claridad los hechos, quiso desaparecer del mundo y que x desapareciese sin ella. Empezó a rebuscar su ropa por el cuarto, y salió. Y mientras caminaba se vestía, apurada, y cuando estaba a punto de atravesar el salón se encontró con Elsa.
Decidió pararse y decir algo pero no le salieron más que lágrimas. “¿Qué hice Elsa?” Pero su amiga sólo la abrazó un rato bien largo, luego le preparó un té y una bañera caliente mientras se encargaba de echar al señor x. Cuando se iba de casa de su amiga, ésta le dijo “ojo con lo que vas a hacer, hay decisiones que no tienen marcha atrás” pero ella le respondió “esa decisión ya la tomé anoche” y marchó.
Luego vino la separación, la mudanza, los llantos, los te amo, el perro llorando y los vecinos hablando.
Lo último que le había dicho Esteban fue una frase que se le quedaría dando vueltas en la cabeza una y otra vez: “Lo que no alcanzo a comprender es por qué me lo dijiste ahora, a ver si me explicó: ¿es que acaso no pensaste en mí cuando te diste cuenta que te ibas a revolcar con otro tipo? Porque ese era el momento en que debías llamarme, porque hubiera ido corriendo nena, hubiera salido a las chispas a cuidarte, a cuidarnos. Porque vos sabés que yo defiendo lo que quiero con uñas y dientes, pero me dejaste fuera de combate”
Ella lo único que quería era no mentirle, la pelota estaba en el tejado de Esteban, era decisión de él perdonar o no. Pero se equivocó radicalmente porque después de mucho tiempo Esteban perdonó haciendo valer el derecho que ella le había concedido, recordándole que estaba jugando con la pelota de su tejado.
Tanto miedo tuvo de ser infiel y desde que está sin Esteban no se acostó con nadie y oportunidades nunca le han faltado. Pero ya no le interesa el sexo porque sí. Han pasado ya tres años, tres años que necesitó para sí misma, para ponerse a prueba. Tres años de entrenamiento para Esteban para no lastimarlo más, nunca más. Si, acaba de encontrar la respuesta justo en la Plaza de Callao, en el mismo banquito donde una vez su madre le limpiaba los zapatitos y le decía “No puede ser Berecita que siempre estés metiendo mal la pata”. Así que agarra el teléfono y llama. Y espera. Entonces del otro lado se escucha la voz de Esteban:

      - ¿Bere?
      - Si
      - ¿Te perdonaste?
      - … -silencio. ¿Querés ir al cine… en un rato?
      - ¿Es una cita?
      - Si, una gran cita.

Comenzó a caminar por calle Preciados en dirección a los cines Ideal, pensando en las palomitas dulces que compraría para compartir, que serían una buena combinación. Porque ya era hora de cine con palomitas. Y en ese andar, y en ese fantaseo en el que se encontraba inmersa, se cruzó con un morocho cara conocida que le sonreía y la saludaba alzando un casco. Era el flaco de esa misma tarde, ya sin ray bans. Ella lo miró y sonrió, cómplice. Con pasos seguros él se acercó y le preguntó “¿Nos vamos a seguir mirando o vamos a hacer algo con esto?” Berenice iba a decir, y no dijo. Caminó hasta perderse entre la gente. Convencida.

jueves, 13 de junio de 2013

Majo



No sé qué pasó y nadie me quiere explicar. Me encerraron en la habitación y me dijeron que no salga por un rato, y me pidieron que les cuente todo mi día en el cole, y la vuelta a casa como veinte veces, y todo con detallecitos, y ellos se enojan porque no me acuerdo todo perfecto. Y después me encerraron, con llave no obviamente, porque nunca hay que encerrarse con llave porque dice papá que las llaves las usan sólo los adultos y que el Señor Cerrojo siempre está controlando y si encuentra un niño cerrando con llave una puerta, le corta la mano, así ¡zas! de un cuchillazo. Dice papá que sólo se aparece si te ve cerrando la puerta. Me dijeron que me quede acá tranquilita y que no salga hasta que me digan. Mucho problema no me hago porque tengo la tele y están dando los dibus que me gustan, aunque estos son repetidos. Y ya que estoy viendo dibus repetidos aprovecho a organizar todo porque mañana viene a casa Majo y vamos a pasar la tarde juntas, así que voy a preparar todos los trajes de reina para mí y los de princesa para ella. Aunque tal vez debería ser al revés porque Majo es muy linda y anda siempre bien vestida, eso dice siempre mamá, que debo aprender de Majo que no anda jugando con los varones y ensuciándose y transpirando como una bellaquita. Dice siempre que la ropa no aguanta nada que no para de lavar y lavar y que toda se arruina y además me dice que no me queje por venir caminando desde la escuela porque me hace bien sobre todo a mí que estoy rellenita. Mi mamá siempre anda protestando y apurada, mientras nos habla nos barre los pies y mientras tomamos la leche ya nos quita el plato de galletitas y limpia y no llego a terminar la taza que ya me la quita antes que la deje sobre la mesa. Porque todo tiene que estar limpiecito sino nos podemos contagiar bacterias, virus y bichos que pegan enfermedades. Así que todo está limpiecito. En casa mucho lio no podemos hacer además yo me comporto como una princesita porque quiero que me diga que soy una nena como Majo que es linda y no transpira ni se ensucia. Así que me aburro bastante porque trato de estar quietita todo lo que más puedo y creo que soy inteligente, pero mamá no piensa igual porque siempre me dice que los niños y niñas inteligentes nunca se aburren. “Bué”, yo pienso que debo ser de una raza diferente, me siento una infiltrada en mi casa, en la escuela… La maestra también suele quejarse de mí, dice que si me copio de mis compañeros no voy a aprender nunca nada. Yo le digo a la maestra que siempre estudio pero que se me olvida todito cuando llego a clase y ella me dice que cuando estudie más y coma menos chocolates me va a ir mejor en la escuela. No entiendo qué les pasa a todos con los chocolates que yo me como, si es lo mejor del mundo, no hay cosa más rica. Me pregunto cuándo lo habrá creado Dios. También me pregunto cuándo creó el dulce de leche, los cacahuetes, y las alfombras voladoras. Claro que también me pregunto por qué puso todas las alfombras allá por los desiertos y no dejó ninguna por acá. Mamá dice que me pregunto muchas cosas. Cuando pregunto mucho me manda afuera a jugar un poco porque dice que necesito desfogar. Yo le digo “¿desfogar qué?” pero salgo antes que cambie de opinión. Además no me deja pasar mucho tiempo en la calle así que tengo que aprovecharlo al máximo, entonces voy corriendo a buscar a Majo que siempre sale porque los papás son así como “cancheros”, eso dice mamá de los papás de Majo y el resto no lo escucho porque se lo dice bajito a papá. Con Majo enseguida nos vamos a buscar a Tincho, al Tero, a Richi, Lean y al Patito. Y jugamos a la pelota o a la bolita. Nosotras tenemos una super técnica para ganar a la pelota, nunca falla y nos morimos de risa, les pegamos patadas a los chicos y cuando caen doloridos, les metemos el gol. Casi siempre ganamos. Pero eso es porque a veces hacen cosas que nos dejan afuera, el otro día jugaron a ver quién meaba más largo, y nosotras mirando cómo el chorro pasaba por arriba del paredón y diciendo cuál llegó más lejos. Pero no nos gustan esos juegos, ellos dicen que somos las referí, pero no nos convence. Majo dice siempre que ese juego es prohibido, y yo le digo que no lo prohíbe nadie. Pero ella me contó que en su casa la suelen retar, le dicen que siempre que anda conmigo vuelve varonera y boca sucia. Yo me muero si no me dejan juntarme más con Majo, así que siempre les escribo cartitas a sus papás. El otro día gasté mis mejores figus de teen angels y puse la cincuenta y cuatro  que la tenía una vez, porque mamá dice que “para dar bien hay que dar lo que cuesta”. Y todos los días sueño con la cincuenta y cuatro, pero me dijo Majo que la va a despegar de la cartita y me la va a devolver porque total ellos las cartas las guardan en un cajoncito del armario que no abren nunca y esa figurita va a cumplir su función en el álbum al que pertenece. Y tiene razón, se lo iba a preguntar pero paró aquél señor que nos interrumpió la conversación, fue justo cuando salimos de la escuela, y siempre cuando salimos hablamos más que nunca porque tenemos guardado todas las cosas que no pudimos decirnos en todo el día, íbamos hablando de esto, bueno no me acuerdo bien, de todo al mismo tiempo y organizando el día de mañana porque va a venir a jugar a casa, y justo paró este hombre que venía en un auto muy bonito, parece que era el primo segundo de Majo, porque conocía bien a sus papás y a ella la conocía de chiquitita lo que pasa que hacía mucho que no se veían, a Majo le costó reconocerlo. Y bueno, simpático el señor, nos regaló unos chocolatines blancos super ricos que me los comí rápido para que no sepa mamá porque me tiene cortita con los chocolates. Y nos ofreció traernos a las dos, pero por más que insistió en acercarme yo le dije que no porque si mamá ve que volví en auto en vez de caminar, me va a retar. El señor decía que no porque es familia de Majo, pero yo insistí “no señor, usted no conoce a mi mamá, sino camino va a decir que soy cómoda y vaga y después no hay quien la aguante”. Así que se llevó sólo a Majo.
Cuando el coche estaba arrancando se detuvo, Majo se asomó por la ventanilla, sacó su brazo extendido y puso algo entre mis manos. Sonreímos las dos. Entonces iba a saludar al primo de Majo otra vez, pero esta vez no me miró ni me sonrió, miraba como miraba el tío Octavio la mañana que tía Elvira cayó por las escaleras. A mí se me hizo un nudo en la panza no sé si por los chocolatines o por recordar al tío cuando se lo llevó la policía.
Ahí se iba Majo, nos saludamos con el golpecito en el corazón como hacemos cada vez que estamos lejos, y cuando abrí mi mano: la figurita cincuenta y cuatro.

martes, 4 de junio de 2013

Oda a una madre primeriza a punto de un colapso nervioso



Hasta que me encuentre
deberás saber que
si no me observás, caigo
entre caprichos y pétalos de mamaderas marchitas.
Perdón, margaritas marchitadas.
Si no me observás no tiene sentido bailar
y refunfuño.
Sólo si disfrutás de verme,
sólo así tiene sentido todo.
Sólo así creo en el baile
y bailo entre pañuelos de seda
azules, rosas y celestes
y puedo ser Cate Blanchett
bailando una melodía de Schuman
frente a un viejo Brad Pitt.
Y una bailarina basculando de Degas.
O un caballo verde de Chagall.
Me encuentro, en la oscuridad.
Y puedo refugiarme en un cuadro
atravesar los sueños, las pinturas,
las realidades, tus pensamientos,
ser testigo de las reuniones de tupper
y de los amantes que sufren de miedo
salir por las noches convertida en hurón
y abrir todos los cajones del barrio
y leer las cartas escondidas de viejos amores y nuevos engaños
agujerear medias, calzoncillos,
cambiar las cerraduras
y abrir las heladeras
y empacharme con el gato del vecino
y rascarnos el ombligo los dos distendidos
fumarnos unos habanos, tomarnos unos whiskys
correr a los ratones, cazar mariposas, conejos y otros insectos,
molestar a los perros y cagar donde es no debido.
Sólo si difrutás de verme
tiene sentido que aspire la casa y limpie los vidrios
y que pase el plumero en bombacha y corpiño.
Si no me observás
me tiro al suelo y lloro con mocos y tirándome el pelo
y tendrás que meterme en la bañera para calmar el ataque
de madre, de tos, de mujer y de amante.
Así que mejor bailá conmigo
no es una amenaza, es tan sólo un consejo, mi querido.
Bailemos un tango entre trapos y pañales cagados
hagamos de la cortina un traje de novia y casémonos en el baño
con el papel higiénico me haré un lindo velo
y a vos te haré un lindo esmoquin con el delantal de la abuela Haydé
y seré la novia todos los tiempos
y los niños nos tirarán el arroz por la cabeza.
Y vámonos a Hawai que queda en el patio de atrás.
O vamos a la esquina a casa de tía Lina
y cantemos canciones para los niños, los obreros y para tío Humberto.
Casémonos entre confites, biberones y chupetes
pero miráme porque entre purés, llantos y upas
me he perdido y a veces amanezco detrás de un biberón
o me encuentro en el supermercado y me veo en pantuflas
y perdón si te quemé el churrasco y tu mejor saco
y perdón si tiré tu reloj y manché tu camisa
es sólo que ser madre es algo que agoniza.