miércoles, 1 de mayo de 2013

Los diarios de Melinda.



Melinda. Uno.


Aunque mucha gente no lo sabe -y en realidad debo decir que casi nadie- acá, en la calle Mariposas Amarillas, en el 21 exactamente, funciona el Municipio de Asuntos Amorosos y Transgresores  del Barrio de Santo Domingo. La gente en realidad cree que se trata del Ministerio de Salud Pública de Insectos Venenosos como dice el cartel que se encuentra pequeño en la puerta, pero eso es porque los que crearon el Municipio decidieron mantenerlo oculto.
En el Municipio te atiende una señora gorda con cara de sapo, bizca y que ladra como Inés la perrita de mi vecino Estanislao que falleció hace un año cuando se cayó del balcón. Y todo esto lo sé porque me lo contó Estanislao. El pobrecito debe haber sentido una gran angustia al evocar los ladridos de Inés. Y además me contó que la señora se llama Marta González Pérez Rodríguez y que es afiliada al CR (Corazón Roto). Marta le contó que tiene la cara así de tanto ver insectos envenenados y almas desconsoladas. Estanislao dice que su aliento es el mismo de Inés y además dice que acá viene la gente que necesita escayolarse el alma o ponerle un tabique, algo que la sujete de lo torcida que está la desgraciada.
Según Estanislao, Marta se guarda mucha información bajo el lema “secreto profesional”. Entonces se enoja porque dice que qué se viene a hacer "ésssta" la profesional si es una simple empleada pública del gobierno que encima nosotros le estamos pagando con nuestro salario. Y demás bla bla bla.
Yo a veces no entiendo por qué él me cuenta todas estas cosas y tampoco entiendo por qué va tanto al Municipio ése ni porqué habla tanto con Marta.


Melinda. Dos.


Dorotea Menéndez Contursi se llama la psicóloga que me atiende en el Municipio de Asuntos Amorosos y Transgresores del Barrio de Santo Domingo. Dorotea es una mujer  buena  que viste de verde, tiene unos hoyuelos bien graciosos en sus mejillas y usa sombreros de paja con flores de papel. Ella es diferente. Come chocolate mientras le hablo y dice que mis historias son dulces a la vez que me acomoda el cabello detrás de las orejas, pero yo sospecho que lo dulce es el chocolate que ella se come.
A mí me hace bien hablar con Dorotea. Ella me acompaña a caminar -por no decir que me saca a pasear-. Y damos vueltas por las calles de San Bernardo, Cruz del Sol, Mariposas Amarillas y me dice que lo mejor es darle la cara a la realidad. Entonces nos sentamos las dos frente a mi casa y yo le cuento que echo de menos a Estanislao, tanto tanto. Echo de menos ser yo a su lado. Quiero ser la yo de antes y no esta yo de ahora. Quiero sentirme con la tripa y el alma llena de bichos y otras cosas raras y sus variantes. Y le cuento que sin Estanislao me llenaré de miedos, como por ejemplo subir al metro donde se concentra toda la soledad del mundo. Miedo a la lluvia porque recordaré cuando Estanislao me dijo que eran las lágrimas de la luna, que llora por nosotros al vernos tan tontos en nuestras soledades cuando podríamos apechugarnos más y vivir más calentitos. Entonces hablando con Dorotea he llegado a la conclusión: Estanislao dice una cosa y hace otra, porque en lugar de apechugarse conmigo se fue. Y le digo a Dorotea que me gustaría verlo y decirle “¿Y cómo querés que la luna no llore…?” En cambio ella me dice que en el mundo hay otros hombres y también me dice algo así como que un clavo saca otro clavo y otros bla bla blá. Yo la miro y no le digo nada porque me gusta mucho su sonrisa de chocolate, pero por dentro pienso que no. No hay otros hombres.

Melinda. Tres.


Me mudo. Lo mejor es irme de aquí. Irme a otro lugar. Otro departamento. Vacío de recuerdos. Otro barrio. Y ver otras caras. Caras nuevas que al verme no se acuerden de los dos. Tener otros vecinos. Frecuentar otros bares panaderías carnicerías. No tener que cruzar todos los días por el parque de la Santísima Trinidad y recordar el día que nos caímos en el césped con Estanislao y me dijo que tenía la sonrisa más bonita y que jamás me echaría de menos porque jamás se alejaría.
Pero finalmente se alejó y nunca supe porqué. Se fue. Sin palabras que expliquen, que aclaren, que me aclaren los motivos. Sin despedidas. Y eso es lo terrible. Las despedidas que son y no son. Las que se viven porque el tiempo y la ausencia son toda la respuesta. Las que se viven con la angustia de ese abrazo y ese beso que no dimos y que nunca daremos. Y nos aferramos a recordar la última caricia, beso, roce que hemos vivido sin saber que lo sería. Según Dorotea son despedidas que se realizan en cuotas en lugar de un solo pago.
Las palabras de Dorotea… Hoy pasan por mis costados y mis huecos como ráfagas de viento. Ella dice. Yo embalo. Dice que me vaya prevenida y sabiendo que allí donde vamos cargamos con nuestro inodoro, que estas soluciones no son el fin del problema sino simples recursos.
Ya. Pero prefiero esto a seguir arrastrando mis pies tristes vestidos con las zapatillas de dormir manchadas de café con leche. Esto a seguir pasando horas, sentada sobre la tapa del inodoro mirando mis muecas de llanto en el espejo. Dorotea me dice que le tengo que dar a los sentimientos el peso que tienen. Yo le digo que los míos pesan lo que pesan pero que no quiero decir adiós nunca más. Y menos decir adioses que no son –pero son-.


Melinda. Cuatro.


Dorotea me cuenta que al tiempo, cuando nos distanciamos de la persona con la que hemos compartido tanta vida tantos sueños tanto amor o enamoramiento o cuando nos distancian, vemos todo más clarito. Descubrimos mentiras, encontramos diferencias obvias, agujeros, vacíos. Yo empiezo a ver con tristeza que tiene mucha razón. Aunque me cueste admitirle esto a ella.
Justo cuando estoy a punto de irme del barrio Santo Domingo con todos mis trastos mis jaulas y mi tortuga, aparece Estanislao. Aquí de pie frente a mi sonriéndome, volviendo como si no hiciesen falta los perdones ni pedirlos ni darlos como si fuéramos los mismos de ayer que todo lo entendíamos y todo lo que viniese de nosotros mismos lo podíamos comprender.
Y lo miro. Y qué adorable. Y cuánto te amo. Hasta en mis mañanas de cansancio de las noches de no dormir. Hasta en el rosa de mis sábanas. Estás. Cada momento. En el sopor de las tardes de otoño. En las misas de los domingos. En mi Jesusito de madera que está en mi mesita de luz. Estás en la calidez de mi café con leche. Entre mis manos, todavía. Quédate Estanislao. No te vayas. Quédate aquicito conmigo para siempre.
Entonces Estanislao abre la boca. Tiemblo. No entiendo. Tantos días preparando las frases que decir si sucedía algo así. Tengo todas las palabras atragantándose en mi garganta sin saber para dónde ir. Y me pregunta cómo estoy. Cómo estoy, pienso. Mis palabras sólo quieren vomitar. No encuentran camino ni modo. Mi corazón las empuja lo cual las irrita aún más. Palabras suicidas. Convertidas en lágrimas para dejarse caer. Y tienen razón. Porque Estanislao no las merece.
Y si, siento lo que siento y mucho más. Pero también sé que debo aprender a cuidarme. Entonces lo mejor es seguir embalando los trastos. Y entonces de reojo lo veo alejarse. Camina lento. Me parece ver que le tiemblan las piernas. (Lo que si no me parece sino que estoy segura, es la presencia de una sonrisa de chocolate que me mira por la ventana).


Melinda. Cinco.


En los días de nada no encuentro ni los resquicios de mis pasiones dormidas. En los días de nada camino porque sí a ningún lado de ninguna parte y mis búsquedas andan como insomnes o perdidas, y encuentran tropezones o las olvido junto con las llaves de casa. Entonces me quedo esperando que vuelva alguien a abrirme.
Silencio. En los días de nada no hay canciones, ni besos, ni hola ni adioses. A lo sumo un levantar de mano si te cruzás con alguien.
En los días de nada como hoy, la Gran Vía aprovecha para dormir a pierna suelta. Y me guiña el ojo mientras sonríe irónicamente. Yo, bajo los párpados.
Días de nada en la calle Francisco Zea. Sin horas. Sin minutos. Sin recovecos donde aguardar. Sin agujas que marquen mis pasos, sin pasos que marquen el tiempo.
Días sin gente, sin ruido ni colores. Sin sombreros ni pájaros. Sin portafolios llenos de lo importante. Sin prisas, sin pelos y faldas. Sin dudas ni deudas.
En los días de nada como hoy echo de menos a Dorotea porque ella sabría qué decirme o me regalaría palabras para llenar mi nada o un abrazo que todo lo abarque. Y yo le preguntaría dónde se fue la gente y por qué nadie quiere habitar la nada.

2 comentarios:

  1. "... Las que se viven con la angustia de ese abrazo y ese beso que no dimos y que nunca daremos..." Atrozmente bello.

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  2. Gracias por comentarme siempre. Es sumamente grato.

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