domingo, 12 de mayo de 2013

¿Lalo o Kowalski? ¿Blanche o yo?



Algunos días nublados, jugábamos a las películas blanco y negro. Yo me ponía los ruleros en la cabeza y a Lalo le pintaba unos bigotes con corcho quemado -me hacían reir mucho- y bien amplios y terminados en forma de rulo. Él se ponía un traje con una corbata negra y yo el camisón floreado, ése que un día tomé prestado de la cuerda de mi vecina Aurora, porque total con el alzheimer que tiene no lo echará en falta. Nadie dirá nada.
Los días en blanco y negro bebíamos whisky, fumábamos sin parar y nos reíamos con risas descoloridas. Lalo apuntaba todo en su cuadernito y caminaba de un lado al otro de la habitación largando humo, escribiendo garabatos. Y de golpe se paraba en seco, me miraba a los ojos, y señalándome con la lapicera me decía “disfrutá morocha, disfrutá de todo esto, de toda esta libertad y de este anonimato porque un día morocha, un día”. Y yo le decía “¡¿Qué Lalito?! Un día ¿qué? Dale Lalín decí, hablá, ¡contáme!”. Pero Lalo no decía más. Yo sabía de todas maneras, porque mujer que ama a su esposo conoce. Verá si conoce.
Él creía que íbamos a tener un golpe de suerte, que vendría la tele con las cámaras y nos llevaría al estrellato. Aurora, la vecina, nunca recuerda nada pero cuando la cruzaba por los pasillos solía preguntarme “¿y? ¿ya se estrelló su marido?”. La miraba indignada y con ganas de sacarle la lengua, vieja de mierda, pensaba, mientras no eche de menos el camisón. Yo quería pensar igual que Lalo, en el golpe de suerte, por no desilusionarlo, por seguirle la corriente, porque si los dos creíamos. Tal vez. Así que me lo creía y cada día lo vivía como una despedida. Entonces les daba a mis vecinas el lujo de charlar conmigo, pavaditas y nimiedades, y tendrían cosas para hablar de mí, de lo buena vecina que era antes de ser famosa. Y cada quién tendría una anécdota para contar porque las regalaba. Iba dejando anécdotas por aquí, anécdotas por allí ¡regaba el barrio de anécdotas! todas dulces, tiernas, y a la gente la rozaba como “así al pasar” así me recordarían paisana. Y al verdulero, al carnicero y a Cacho de la tiendita siempre les dejaba una propina para que me recuerden generosa. Los días blanco y negro terminábamos jugando obras de Tennessee Williams o de Edward Albee. Así que, no sé de quién fue la culpa. Si de los días nublados, del whisky, de nuestros juegos, de Williams, de Albee.
Hubo un día, uno en particular, distinto a los demás, que jugábamos “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”. No. Sí. No, mentira. Si. No. ¡Jugábamos un tranvía! “Un tranvía llamado deseo”. Eso. Y yo, Blanche DuBois, llevaba un vestido muy sexy, de tiras por aquí y por allá, que mucho dejaba entrever. Y Stanley Kowalski, mi Lalo, llevaba bebiendo horas. El papel era fuerte, tenía que interpretarlo bien, decía. Y bueno, yo también bebía, un poco por Blanche que tenía problemas de alcoholismo y otro poco por acompañar a Lalo. Entonces llegó la noche y allí estábamos jugando el juego, actuando, admirándonos y bien metidos, debo decir la verdad, estaba muy metida en el papel. Blanche es muy presumida, desequilibrada, y de la seducción pasamos a las peleas y actuábamos y Lalo tan seductor me robó el vestido con tres caricias y varias copas de más y disculpen que me ría. Hasta ahí, yo creí. En esas caricias torpes de Kowalski, o de Lalo. En el juego, en su seducción, en Tennessee, en Blanche, en el vestido de tirantes, en nosotros. En Stanley. Pero luego.
Se suponía que actuábamos, se suponía que éramos actores, se suponía que era Lalo. Pero era Kowalski. Se suponía que fuese Kowalski pero era muy real para ser teatro. Y yo era Blanche o ¿yo era yo? Y ¿ese dolor era fingido o era real? Y los golpes ¿eran de fantasía o Stanley se había apoderado de mi Lalo? y todo esto era ¿verdad o fantasía? ¿hasta dónde Lalo y yo y desde dónde Stanley y Blanche DuBois? o viceversa ¿o viceversa? ¿Y ese cuchillo de dónde salió y cómo llegó a mis manos? ¡Ay! mi Lalo ¡¿Qué hice?! Lalín… ¿Actuabas o qué te pasó Lalito? se suponía… ¡Tenías que hacer de Kowalski, Lalo! Y yo de Blanche como tantas otras veces. Tenías que actuar bien para que sea una anécdota a recordar.
Aunque pensándolo bien tal vez todo esto lo tenías premeditado ¡eras tan inteligente! ¿Por qué no pensar que fue éste tu último propósito? Porque la anécdota la dejamos Lalo. Si Lalo, somos famosos ¡Somos muy famosos!

11 comentarios:

  1. Se confundió la realidad de la vida con la realidad de la escena. Hermoso guapa. Dan ganas de saber más de las aventuras de ella y de Lalo.

    Felipe Botero Restrepo

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  2. recordaremos algunas aventuras de ellos xq mmmmmm.....me suena a que fue el fin!

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  3. Muy bueno Luca. No sé por qué cuando te leo viene a mi cabeza Rayuela.

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    1. Wuaw! Qué interesante!

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    2. Ese tipo no te merecía Blanche!!!, paciencia al final del camino estará Mitch esperándote...
      Néstor

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    3. Jaja.. La tendrá que visitar en la cárcel!! (¿o será su carcelero?)

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  4. Muy bueno Lu!!! Me encantó!!!

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  5. Muy bueno!!! Como a ceci, me encantó!

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  6. Muy bueno Luca... Ahora el de Virginia Woolf ;)

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