jueves, 14 de junio de 2012

Convengo. Supongo. Asumo.

Convengamos que me cansé.
Que no quiero vivir más acá.
Que extraño mis calles.
Mis maneras, sin traducción ni doblaje.
Que quiero ser hincha. Fanática de algo.
Soportar ese maldito clima que te revuelve el pelo -y las ideas-.
Oir los perros aullando viejos engaños.
Los gatos liándose en los tejados.
Manejar. Joder! Cómo echo de menos manejar…
El sonido de las chicharras en verano.
Putear en argentino.
Quiero secretos para compartir.
Quiero las veredas rotas, el trámite interminable,
mis vecinas, saludar a mi gente, que me llamen gordi las manicuras,
la falta de hipocresía de algunos, la abundancia de lo mismo en otros,
el buen trato, la amabilidad excesiva, los mates,
los árboles, la playa sucia, Mar del Plata y su gente,
la pelota que te golpea la cabeza, la discusión tan próxima,
el sándwich de milanesa, los mocos, las tortafritas.
Quiero el drama, la voluntad, la desgana, la vagancia,
el rock argento, Charly y la concha de su madre.
Supongamos que me voy. Me vuelvo.
Me subo a un avión y ¡voilá!
Convengamos que ya Madrid tuvo suficiente de mí. Y yo de ella.
He atendido a miles de personas.
He servido cafés, tés, pinchos, raciones. Cenas enteras.
A madrileños, catalanes, murcianos, alicantinos y gente from all over the world.
He sonreído en tiempos que he deseado desaparecer.
Compartí escena, trabajo y vivienda con gente de Inglaterra, República Dominicana, China, Rumania y de otros tantos lugares.
Y conozco más a todos ellos que a mis compatriotas.
Pero supongamos que me cansé.
Que el mundo es genial y maravilloso y yo lo puedo todo.
Supongamos que ya me lo demostré.
Entonces supongamos que me vuelvo.
Supongamos que ya volví.
Y ¿Qué querés que te diga?
Supongamos que estoy de puta madre.
Que disfruto de cada ratito a cada momento de cada día
Supongamos que no sirvo más que mi propio café
Supongamos que todos los días veo a la gente que quiero
Supongamos que extraño
Mis calles las de allá, mis bares, mis italianos favoritos
mi queridísima amiga boricua
the best weather in the world
mi metro, la gente y su alegría, el olor,
caminar sin mirar hacia atrás, Concha la mamá de mi vecina,
las maletas, los calcetines, las bragas, los sujetadores,
el a por todas, los enfados, los tacones sobre el empedrado,
el Jodé qué calo’ tía!, la marcha, los cafecitos con Jey,
Fuencarral 54, las faldas, los gays tan amorosamente gays,
esa amiga con el pelo más bonito del mundo que descubrí tan tarde,
mi Italia que tan cerquita estaba…
Pero acá vivo el arte por el arte y ya no supongo.
Asumo.
Asumo con ganas el desafío.
Pero no en pos de pelea.
En son de paz, pruebo de a poquito
cómo se anima a tratarme esta ciudad.
En son de paz, pruebo y asumo que hay prejuicios,
en son de paz, los ignoro.
Y vuelvo a todo esto que dejé once años atrás.
Me tomo un tiempo que yo elijo
para disfrutar y saborear
día a día mi vuelta a acá.
La ciudad y yo.
Y mirarnos a los ojos.
Y tratar de reconocernos.
Y apretarnos un poquito,
para bailar entre bromas un tanguito.
Y pedirle permiso,
y esperar respuesta.
Y ver si me deja ser
un poco
aunque sea un poco tan sólo…