domingo, 28 de agosto de 2011

Mi abuelo Toribio.

En mi bolso encontré un cierrecito que pertenecía a un pequeño bolsillito que contenía parte de un diente que mi abuelo le partió a mi hermano con un mediomundo al darse la vuelta.  Y junto con ese pedacito de diente había noches enteras en el muelle de Mar del Tuyú, pescando en silencio. Junto con todo eso encontré mis ganas de ir de pesca al muelle de Mar del Tuyú o del Miyú, da igual.
Toribio se llamaba mi abuelo, el decidió irse a pescar a otros muelles y nosotros decidimos que no se fuera y lo llevamos adonde sea que vamos. Que se joda.
Sé que al final se acostumbró y decidió que ya que andaba pululando por aquí y por allá, pues para eso mejor aprovechar el tiempo. Se sentó a mi lado varias veces y me escuchó, cuando me sentía sola en Estados Unidos, lo recuerdo a mi lado en el coche, cuando decidí venirme a España, él me apoyó con todo su corazón.
Creo que se arrepintió de algunas cosas que hizo en su vida porque no hace más que querer que nosotros amemos la nuestra. Nos ha salvado infinidad de veces. Ya debe estar cansado el viejo Toribio porque nos viene alertando… me parece que ahora depende de nosotros. Tiene 87 años, una pata llena de tornillos y alambres de púas, y el colesterol por las nubes. Toribio sólo quiere sentarse a comer un poquito de chorizo con pan sin que la vieja lo cague a pedos. Toribio quiere tener a su perro a su lado aunque sea grande como un caballo y juguetón como si su tamaño no importase. El perro de casa de mi abuelo era eso en definitiva, un perro de casa, porque para la caza de mi abuelo le faltaba la z y la serenidad. Mi abuelo igual lo quiso aunque no lo pudiera llevar ni cuando iba a cazar una liebre.
Toribio siempre andaba repeinado pa’tras y limpito, aunque yo nunca olvidaré sus shorts verdes y su mechón caído sobre la frente.
He besado cada una de sus arrugas, he abrazado su panza, me he subido en sus piernas. En la buena y en la atornillada. Recuerdo que entraba entera sobre su pierna, me abrazaba a ella y él me hamacaba. Y le decía que lo quería más que a nada en el mundo. Y él me adoraba.
Toribio me hizo daño pese a todo su amor, pero lo perdoné ya. Porque pobrecito estaría sufriendo mucho mucho. Yo te hubiese entendido abuelo, pero claro, en aquellos años yo era muy pequeña. En fin, sé que el chorizo, los mates y el perro te esperan, pero déjame decirte que estoy acá para cuando quieras asomarte y contarme algo. Te prometo que nosotros nos cuidaremos lo mejor que podamos y que viviremos esta vida con la mayor felicidad posible, esa será nuestra manera de saldar tus deudas.
Te amaré por siempre. Vé.

No hay comentarios:

Publicar un comentario