miércoles, 12 de octubre de 2011

Los dolores de Aurora.



A veces cuando no sé bien dónde esconderme del Pocho y de los niños me voy a casa de mi vecina Aurora. Entonces tomamos unos matecitos, jugamos a las cartas o me enseña a hacer ganchillo. Eso cuando la Aurora está de buen humor, porque otros días la pobre no puede ni con su alma de tanto sufrimiento. Entonces la acompaño y sufro con ella y siento que así le alivio el dolor. Entre dos se lleva todo mejor. Es que Aurora tiene la cadera postiza, si, toda de mentirita, es un plástico ahí enchufado o unos fierros queseyó que eso duele que dios bendito. Y todo porque a la Aurora se le metió entre ceja y ceja pintar el techo de su cuarto hace como cuatro años y yo le decía “Aurora no te vayas a poner a pintar el techo, vengo y lo pinto yo o llamamos a un pintor”, pues na’ que no me hizo ni caso y ahí fue ella haciéndose la muy machita a pintar el techo como si tuviera veinte años y ¡zás! se cayó de la escalera. Y encima yo en el trabajo. Me llamaron los vecinos de la Aurora que se enteraron porque la escucharon llorar, pobrecita. Así que dejé el ramo que estaba preparando y le dije a mi jefa que lo terminase ella. Obviamente que no me dijo nada porque se dio cuenta que era grave y que se me podía morir la Aurora. ¡Ay! pero mejor ni recordar esos momentos. Yo trato de mirar para adelante y ser positiva. Cuando la veo que tiene un buen día y sé que el Pocho y los niños están fuera de casa, entonces saco a la Aurora a pasear un poquito por el barrio, ella me dice que le da vergüenza caminar con todo su bamboleo y yo le digo que hay que ver que vanidosa es y que su bamboleo a lo sumo es femenino porque se contonea pa’todos lados, y ella venga decir que es una vieja achacada de mier..  y otras guarrerías porque la Aurora cuando se enrabieta larga espuma por la boca. Entonces la quiero convencer que lo mejor es airearse un poquito y salir de casa y dejar la tele de lado y ver a los hombres aprovechando que ya no nos miran. Y me esfuerzo mucho, a veces la Aurora me da más trabajo que los niños, pero luego me quiere tanto y me necesita tanto la pobre que está tan solita y me cuenta de sus pasiones de jovencita, de su Mario y de su Ramiro, y yo la escucho como cuando escuchaba a mi hermana mayor contar sus historias. Que en paz descanse.

domingo, 28 de agosto de 2011

Mi abuelo Toribio.

En mi bolso encontré un cierrecito que pertenecía a un pequeño bolsillito que contenía parte de un diente que mi abuelo le partió a mi hermano con un mediomundo al darse la vuelta.  Y junto con ese pedacito de diente había noches enteras en el muelle de Mar del Tuyú, pescando en silencio. Junto con todo eso encontré mis ganas de ir de pesca al muelle de Mar del Tuyú o del Miyú, da igual.
Toribio se llamaba mi abuelo, el decidió irse a pescar a otros muelles y nosotros decidimos que no se fuera y lo llevamos adonde sea que vamos. Que se joda.
Sé que al final se acostumbró y decidió que ya que andaba pululando por aquí y por allá, pues para eso mejor aprovechar el tiempo. Se sentó a mi lado varias veces y me escuchó, cuando me sentía sola en Estados Unidos, lo recuerdo a mi lado en el coche, cuando decidí venirme a España, él me apoyó con todo su corazón.
Creo que se arrepintió de algunas cosas que hizo en su vida porque no hace más que querer que nosotros amemos la nuestra. Nos ha salvado infinidad de veces. Ya debe estar cansado el viejo Toribio porque nos viene alertando… me parece que ahora depende de nosotros. Tiene 87 años, una pata llena de tornillos y alambres de púas, y el colesterol por las nubes. Toribio sólo quiere sentarse a comer un poquito de chorizo con pan sin que la vieja lo cague a pedos. Toribio quiere tener a su perro a su lado aunque sea grande como un caballo y juguetón como si su tamaño no importase. El perro de casa de mi abuelo era eso en definitiva, un perro de casa, porque para la caza de mi abuelo le faltaba la z y la serenidad. Mi abuelo igual lo quiso aunque no lo pudiera llevar ni cuando iba a cazar una liebre.
Toribio siempre andaba repeinado pa’tras y limpito, aunque yo nunca olvidaré sus shorts verdes y su mechón caído sobre la frente.
He besado cada una de sus arrugas, he abrazado su panza, me he subido en sus piernas. En la buena y en la atornillada. Recuerdo que entraba entera sobre su pierna, me abrazaba a ella y él me hamacaba. Y le decía que lo quería más que a nada en el mundo. Y él me adoraba.
Toribio me hizo daño pese a todo su amor, pero lo perdoné ya. Porque pobrecito estaría sufriendo mucho mucho. Yo te hubiese entendido abuelo, pero claro, en aquellos años yo era muy pequeña. En fin, sé que el chorizo, los mates y el perro te esperan, pero déjame decirte que estoy acá para cuando quieras asomarte y contarme algo. Te prometo que nosotros nos cuidaremos lo mejor que podamos y que viviremos esta vida con la mayor felicidad posible, esa será nuestra manera de saldar tus deudas.
Te amaré por siempre. Vé.